1 oct 2011

Está lloviendo, la alfombra roja está empapada.

Ajustó la hora del reloj, colocando las manillas en el lugar en las que les correspondía estar, señalando los números correctos. Acababa de llegar a Nueva York, ahora eran las cuatro y media de la mañana y la hora de Madrid sólo le servía para orientarse a la hora de hacer llamadas y recibirlas.


No sabía exactamente por qué había realizado aquel viaje. Entendía que era porque llevaba años queriendo viajar a aquella ciudad, queriendo perderse por sus inmensas calles y barrios, queriendo pasear por el puente de Manhattan, o coger uno de tantos taxis que pasaban cada minuto. Había visto al ciudad en fotos, películas, libros, y efectivamente, era imposible describir lo que uno sentía allí. Había que experimentarlo para poder opinar.
Trataba de recordar la otra causa que le había hecho llegar a aquellas horas a aquel aeropuerto. 
Pero no necesitaba recordarla, la tenía impresa en el cerebro desde hacía tiempo. Había ido para buscarla. No, para buscarla no. Para encontrarla. En cualquier café, en cualquier esquina, apartamento o banco de cualquier parque. No cejaría hasta dar con aquella melena rubia que le había hecho perder la cabeza, hasta poder observar de cerca y sentir de nuevo aquellos labios finos que no hacían más que aparecerse en sus sueños.
Aunque el sol se pusiera cada día por mucho que no la encontrara, la luna le serviría de lupa para seguir las pistas.


Y le iba a ser necesario un sombrero, de modo que se aventuró a la primera tienda que encontró en el aeropuerto, de aquel duty free neoyorquino. No se lo quitaría hasta tenerla enfrente, entonces, con toda la elegancia y agilidad que los nervios y la sonrisa le otorgaran, se lo quitaría y se lo pondría a ella, diciendo:
-Te encontré.


Se imaginó cómo iba a besarla, con cuántas ganas y empeño, con la distancia y el tiempo desapareciendo al paso que sus labios se encontraran.


La alarma del móvil le despertó. Torpemente pulsó el botón para apagarla y se fijó en la hora. Las doce y media. Miró al techo, y se encontró de bruces con un cartel que había pegado hacía más de un mes. Así decía:
"Sigues en Madrid, inútil."

26 sept 2011

La bandera de Micronesia se ha quedado sin estrellas.

Sintoniza las pulsaciones imaginando que no son las tuyas,
Cavilando entre las musas que caminan por el mar.
Y así mismo, convaleciente, veterano de guerra,
Avisando a la corrupción de los peligros de la soledad.
Sin vergüenzas que tocan oboes, miran de reojo el reloj,
Buscando un escondrijo entre las columnas de paz.
Auguro que el mal, ya hecho, podrá simplificarse
En tres números romanos que no sumen más de cien.
Ataviado como voy, de héroe griego, no puedes atacarme,
Invulnerable soy ahora, invulnerable soy ahora.
Caminas tú, camino yo, bailando tú, gritando yo.
Son sólo azares del encuentro que rehúye entre ratones,
En cloacas con nubarrones, que no conocen la tempestad.
Zumba el azúcar en el azucarero, razona el sombrero en el vestidor.
Asimila los conceptos, como un coche de carreras, una victoria infranqueable,
Un limón empedernido.
En las islas del pacífico, las estrellas ya no brillan.
Las estrellas ya no brillan.
Bailas tú y grito yo.
Entre gorgojos los cangrejos saltan de lado, buscan el mar añorado.
Bailas tú, grito yo.

22 sept 2011

Hoy me he levantado con la indecencia como mochila.

Con el temple que distingue al cínico y al incoherente, cogió la taza que estaba en la mesa de madera, y que había dejado una marca de color blanco formando un círculo; y abandonando la calma en favor del histerismo, la lanzó contra el suelo, destrozando la pieza de porcelana, que estaba manchada con pintalabios. El café saltó como un muelle, con diversos trozos que se perdieron desperdigándose por todo el salón. En la radio sonaba Transmission de Joy Division, la versión en directo. Podía escuchar a Ian Curtis gritando el Dance, dance, dance, dance to the radio, al tiempo que su corazón percutía en su pecho, actuando de batería.

Desobedeciendo la ley de la gravedad, se lanzó al sofá con la intención de que su cuerpo flotara y pudiera perderse saliendo por la ventana del salón, abierta de par en par. Todo ello sin que variara en su cara una mueca de enfado y desesperación desencajadas en sus pómulos y sus cejas.

Al otro lado del lugar, con los puños apretados y la cabeza gacha, se encontraba la otra persona que había presenciado lo ocurrido, que había propiciado lo ocurrido, que llevaba provocando lo ocurrido desde hacía tiempo, ignorando las consecuencias, tomándolas como inexistentes ante sus actos; como si de una figura divina se tratara. Alguna que otra lágrima, quién sabe si de susto o de dolor, asomaba en sus ojos. Le pitaban los oídos, no era capaz de articular palabra, ni de escuchar con claridad cualquier palabra o sonido que asomara en aquel salón. Le pareció escuchar algo parecido a un Yo no me merezco esto y otra frase similar a un Si no quieres seguir, vete, pero vete de verdad.

No era capaz de recobrar el sentido, para él todo lo había perdido desde el momento en que llamó a la puerta de la chica, y tuvo que insistir a gritos que le dejara entrar, que quería verla, que necesitaba verla. Ni por un momento se le pasó por la cabeza que su enfado tuviera que ver con él, y no con otra circunstancia más. Se llevó las manos a la cabeza, despeinándose, y alzó la vista. Ella estaba encogida en el sofá, mirando hacia el respaldo, llorando. No supo qué hacer, no podía saberlo. No sabía cómo había llegado aquella situación.

No, sí que lo sabía. Sabía perfectamente lo que había ocurrido, pero no tenía la menor idea de cómo y por qué había viajado todo por aquellos raíles, y no por los contiguos, que eran los correctos. En esas ocasiones en las que todo abandonaba el estado de a pedir de boca deseaba que el parqué se rompiera a sus pies, y se precipitara en una caída continua hasta que llegara al otro lado del mundo, a Australia, a la Antártida, a dónde fuera. Era lo más cobarde que había visto el mundo. Y ni siquiera trataba de ocultarlo.

Sabía que si se acercaba y acariciaba su hombro, ella respondería grotescamente con frases en su contra, con insultos, con un déjame que le mataría, con una violencia impropia por todo lo que habían hecho juntos en el último año. Se mantuvo inmóvil, esperando a que ella diera el primer paso, para evitar que todo se rompiera más.

Pero ella también se mantuvo inmóvil, esperando que él diera ese primer paso, que intentara consolarla, que intentara que dejara de llorar. Si tanto la quería, era lo suyo, ¿no?. No le aliviaba que fuera un cobarde, y que por esa razón no hubiera sido capaz de contarle las cosas de frente, que no fuera capaz de no mantenerse inmóvil. Sabía lo que había ocurrido desde hacía tiempo, mucho tiempo, y siempre había perdonado. Había vivido aquellos meses esperando a que él se atreviera a confesar su infidelidad, tragando saliva cada vez que decía que tenían que hablar de algo. Y maldiciendo para sus adentros cada vez que no soltaba prenda sobre aquella noche en el parque, en la que él decidió que el alcohol era suficiente escudo como para besar y acostarse con otra, y al día siguiente hacerlo con ella.

Inmóviles los dos, esperando el siguiente acto, pasaron la tarde. Finalmente él se rindió al cansancio y se dejó caer de rodillas al suelo, sin levantar la mirada de él, pensando o lo que fuera que estuviera haciendo.

-Pe... pe... perdóname - dijo al fin, con la voz resquebrajada por haber mantenido silencio las últimas horas - perdóname - repitió, ya con más calma - he sido un estúpido, no he sabido ver las cosas.

Ella se giró y le miró a los ojos, dándose por satisfecha en lo que quería oír. Asintió y se levantó para abrazarle. Sintió los músculos de su espalda muy tensos, muy nerviosos. Siguieron abrazados y ella le susurró al oído:

-Sí, no has sabido verlo, sé que lo sientes - decía ella - te perdono, te perdono, de verdad, pero ya está, esto se ha acabado, se acabó en el momento en que aquella noche todo pasó. Simplemente se alargó porque quería que tú me lo contaras, que te arrepintieras - rompió el abrazo para continuar ante la sorpresa del chico - Se acabó, han sido trece meses que deberían haber sido nueve.

Sin mediar más palabra, ella encendió un cigarro y se sentó en el sofá, mirando a la ventana, que seguía abierta. Él cogió su sudadera, y sin siquiera esquivar los trozos de porcelana que había en el suelo, se fue de aquel salón. Se fue de su vida. Quién sabe si para siempre, o para volver a entrar más adelante.

6 sept 2011

A wolf at the door.

Somos accidentes.
Esperando.
Esperando para ocurrir.

Y hasta que no ocurrimos no nos damos por vencidos, somos insitentes, maleducados, inoportunos, desvergonzados. No tenemos prejuicios y amamos la velocidad. Atentamos contra el viento y contra las posturas ajenas. Locos, todos locos. Somo algo asi como muñecos de trapo que se doblan con elasticidad, pero que nunca se rompen.
Si no se rompen... ¿cómo vamos a poder dignarnos a desaparecer?
Para olvidar no es necesario desaparecer, pero para desaparecer es imprescindible olvidar. Cuando esté en el cobertizo de mi pequeña cabaña en Wisconsin, observando la nieve amontonada por todas partes, podré dignarme a pensar y recordar a todos y cada uno de esos accidentes que pueblan la vida de cada. Y cuando llegue el momento de la vuelta, y no los encuentre tal y como eran, todo será más pacífico, más melódico.

Hay un lobo en la puerta, sé que está, y nunca le dejo entrar. Pero me llama, me está llamando, me llama al teléfono, me cuenta todas y cada una de las maneras con las que me quiere destrozar. Quiere robarme a mis hijos si no pago las deudas, sin rescates, y me amenaza con no volver a verlos de nuevo si llamo a la policía.
A estas alturas cualquiera se pone a deducir quién es el lobo y quiénes son los hijos. El lobo es el que me está diciendo que me marche, que desaparezca. Mis hijos son todos mis recuerdos. No quiero desaparecer y perderlos de nuevo. La policía no es otra que mi propia indecisión.
Como me dijeron una vez, aprendí a hablar cuando dejé de entender mis metáforas.

Y aprendí a vivir cuando dejé de abrir la puerta al silencio.
El momento acaba de irse, si lo dice Yorke
Sí, se ha ido.
Pero tengo el presentimiento de que algún día volverá. Porque estoy más que seguro de que ha decidido desaparecer pero sin tener que olvidar, teniendo al lobo al teléfono y en la puerta, y algún día volverá para que todos esos accidentes atrasados ocurran. Habrá quién lo reciba con lso brazos abiertos, y otros con una bofetada.
Ni el saco está lleno, ni nadie ha bajado para que deje de silbar.

¿Qué más da?
Si ya lo decía Ian Curtis, cuando se pierde el control, la vida se mueve como un cable de alta tensión roto, nunca se sabe a qué va a atizar esta vez con su extremo ardiendo.


Put me inside, put me inside,
put me inside, put me inside.
I keep the wolf form the door, but he calls me up.
Calls me on the phone, tells me all the ways
that he's gonna mess me up.
Steal all my children if I don't pay the ransoms, and
don't ever see them again
if I squeal to the cops.

16 ago 2011

Emmenez moi.

La algarabía y el escándalo de la noche anterior habían dejado paso a una tranquila mañana con un sol anaranjado que comenzaba a dejarse ver a través de los edificios, iluminando todo a su paso.
Así transcurrían los días de otoño en Seattle, el sol reinaba desde lo alto del cielo, pero el frío ya se había instalado y no parecía tener intención de marcharse. El viento movía los restos de los papeles y de plástico, que habían quedado como huellas de la noche anterior, arremolinándose y copando las aceras. Los barrenderos tendrían trabajo aquel día.

Como cada año, el inicio del otoño era época de celebración en la ciudad, y cualquier joven que se preciara debía acudir durante toda la noche a los diferentes lugares que se habían marcado para la ocasión, un sinfín de clubes y bares, así como discotecas y plazas, en las que se juntaban centenares de adolescentes y daban la bienvenida al otoño de una manera alegre y desvergonzada.
Como no podía ser de otra manera, las quejas no paraban de llegar a las diferentes comisarías que había repartidas por la ciudad, y el teléfono de la oficina central echaba humo de recibir tantas llamadas.

En la calle principal aún quedaban los jóvenes rezagados que volvían a sus casas tras la noche, o que simplemente aprovechaban la mañana para dejar descansar el cuerpo y despejar sus mentes cargadas de humo y alcohol.
-¿A dónde vamos? – le preguntó Joe a Jamie mientras se revolvía la pelusa marrón que tenía por pelo. – creo que debería pasar por casa para que mi tío vea que estoy bien.
-Como quieras – contestó Jamie, que ya se había llevado a la boca su primer cigarrillo otoñal – un momento – se frenó en seco - ¿estamos a día veintiuno o veintidós? – preguntó a su amigo.
-Veintiuno – contestó Joe, sin cesar en su ahínco por intentar dominar su pelo rizado.
-Ah – dijo Jamie reanudando su marcha – entonces este es el primer cigarrillo de otoño, pienso contarlos a ver cuántos me meto al organismo en tres meses…
-¿Tres mil? – preguntó Joe, sonriente.
-Más o menos – contestó Jamie empujando a su amigo contra la pared.
Continuaron caminando por la calle principal, que comenzaba a llenarse de personas que se disponían a realizar su vida diaria sin recelo alguno. Los quioscos comenzaban a ser abiertos, y algún que otro comercio también.
El mercado principal, llamado así por la calle donde se encontraba, abría sus puertas a las ocho de la mañana, y uno de sus trabajadores se encontraba girando la cerradura en aquel momento para levantar la verja que protegía las puertas del mercado.
-Para saber qué hora es – dijo Jamie – solo necesitas mirar el mercado. Si está cerrado, es que aún es demasiado temprano como para levantarse.
-Eso lo harás tú, que vives en uno de los edificios de enfrente – contestó Joe – pero yo difícilmente puedo ver el mercado cuando mi casa se encuentra a cinco calles de distancia.
-Cómprate unos prismáticos – contestó aplicándole otra calada al cigarro, prácticamente consumido del todo.
-Como no atraviesen las paredes, poco puedo hacer – sonrió.
Giraron en el tramo de calle que conectaba con la plaza principal. Allí todo lo que se encontraba en contacto con la calle principal se llamaba de la misma manera, resultaba original a la par que irónico.
Joe vivía en una pequeña calle que se encontraba en frente del parque del este de la ciudad. Vivía con su tío y con su primo pequeño en un apartamento pequeño, pero acogedor.
Para llegar a su portal había que pasar por una lámina de hierro que cubría un agujero en la acera a causa de las obras de renovación de la calle.
-Tu calle es una de las más nuevas que se han hecho y ya están renovándolas – dijo Jamie encendiendo el segundo cigarro de otoño – en cambio hay calles destartaladas por el centro y aún no han hecho una sola obra. Cualquier día se me caerá un edificio de esos viejos mientras paseo fumando mi decimosexto cigarrillo e otoño.

Atravesaron la plaza sorteando los vasos de plástico y los papeles que había repartidos. Sin duda alguna, los barrenderos iban a tener mucho trabajo aquel día.
Llegaron a una esquina entre dos calles exactamente idénticas, con el nombre de Calles gemelas, y se pararon a esperar a que pasara el autobús, como casi siempre.
-¿Sabes? – Dijo Joe – esto de tener el bono mensual es un chollo, ya lo he amortizado en menos de quince días, lo único malo es que te conviertes en un poco vago, con lo acostumbrado que estaba yo a andar.
El autobús no tardó en parar al lado de un poste que indicaba el número de las líneas que paraban en aquel lugar y los horarios en los que lo hacían.
Se subieron al autobús número seis, que giraba por tres calles y se plantaba en la calle que circundaba el parque. Recorría dos paradas y volvía a meterse hacia la calle principal para girar por una calle pequeña.
Se bajaron enfrente de un portal con el número veintiuno.
-¿Quieres subir? – le preguntó Joe a Jamie antes de abrir la puerta del portal.
-No hace falta – contestó Jamie – además, así puedo terminar el cigarrillo. – concluyó haciéndole un gesto con la mano para que viera que acababa de empezarlo al bajar del autobús.
-Joder, ya llevas tres tío… - dijo antes de entrar en el portal y dirigirse al ascensor.
Su portal no era muy grande. Se trataba de un círculo con los buzones a la derecha, dos ascensores en la parte frontal y una escalera de mármol a la izquierda. Un espejo rodeaba la mayor parte de la pared. Joe ya se había acostumbrado a él, pero la mayoría de gente que iba a su casa no paraba de mirarse en él continuamente, era estresante.
El ascensor hizo un ding y la puerta se abrió. Pulsó el número cuatro antes de que se cerrara y amenizara el ascenso entre silbidos.
El rellano del cuarto piso también era redondo y contenía cuatro puertas, que entre ellas formaban un cuadrado. Se acercó a la que estaba más lejos del ascensor e introdujo la llave sin hacer mucho ruido.
El sonido de su tío fregando los platos cesó y este se acercó a la puerta de la cocina para verle.
-Buenos días – le dijo mientras él buscaba con la mirada un abrigo – ¿qué tal la noche?
-Bien – ha habido mucho ruido y una gran multitud en todos los sitios y al final hemos estado en el café ese que abre las veinticuatro horas del día viendo un especial de partidos de béisbol, ya sabes lo que le gusta a Jamie. – mintió.
Habían pasado la noche rodando de discoteca y discoteca, en una de ellas les habían echado a empujones porque Jamie se había subido a la plataforma donde se encontraba el Dj y había comenzado a tocar las cajas de mezclas haciendo un montón de ruido. El béisbol le encantaba a Jamie, eso era cierto.
-¿Dónde está él? – le preguntó su tío, que estaba secándose las manos con un trapo azul que tenía más de un agujero.
-Está abajo esperándome para ir a mirar lo del mueble que te dije ayer – explicó mientras cogía un abrigo gris que había colgado tras la puerta – volveré para comer.
-Vale – dijo su tío volviendo a la cocina – hoy comeremos macarrones.

Cerró la puerta tras salir e inició el camino inverso al que había realizado al subir.
Jamie acababa de terminar el cigarrillo y se encontraba apagándolo contra el suelo cuando salió del portal.
-¿Qué le has dicho? – le preguntó a Joe.
-Que habíamos estado en el café veinticuatro horas viendo béisbol porque había mucha gente y ruido. – explicó.
-Perfecto, mi madre también se lo creerá, sabe que me encanta el béisbol – dijo antes de levantarse del suelo y echar a andar.
Joe le siguió.
-¿Cómo se llega a la tienda de muebles? – le preguntó alcanzándole y limpiándole unas pocas cenizas que tenía en el hombro de la sudadera.
-Está al otro lado del parque, no tardaremos mucho – contestó él, mientras tiraba a la papelera el paquete de tabaco, ya vacío - ¿Llevas dinero?
-Me quedan diez dólares de ayer, ¿por qué?
-Porque se me ha acabado el tabaco y llevo el dinero justo para el mueble. Necesito un préstamo – le explicó.
-¿Más tabaco? – Se sorprendió él, aunque en realidad no debía sorprenderle para nada que su amigo le pidiera dinero, ya lo había hecho en incontables veces – aún me debes dinero de la última vez.
-Cierto – dijo Jamie – te lo daré en cuanto pueda, supongo que la próxima vez que nos veamos lo tendré ya. Si no tuviera que comprar la dichosa cómoda te lo devolvería en este mismo instante.