22 oct 2011

La noche de los cazafantasmas.

Es una buena idea. No lo harías si no lo fuera, no lo harías sino fuera la única buena idea que has tenido en mucho tiempo. Aunque sea duro ver como te estiras y bostezas cada mañana. Siempre ajustas el reloj, cinco minutos adelantado, y te colocas los calcetines a la misma altura. No tardas en elegir la ropa que te vas a poner, eliges una camisa cualquiera de todas las que tienes, y te pones uno de los tres pantalones grises y lisos que siempre están colocados en el respaldo de la silla. Un cinturón normal y corriente adorna tu cintura, e introduces los pies en los zapatos que tanto te gustan.

Yo mientras tanto duermo, o eso crees, pero bajo mi alborotada melena rubia hay dos ojos que te miran irte a trabajar cada mañana, porque es lo que tiene que trabajes todos los días del año salvo dos meses en verano. No sé exactamente a qué dedicas, sé que has estudiado derecho, pero no alcanzo a acertar si eres abogado, juez, notario, o simplemente un funcionario o un contable de cualquier oficina de alto stánding, o si te dedicas a martillear un teclado en un casillero. Nunca he preguntado, no sé por qué. Me gusta pensar que cada mañana te lanzas por la puerta a hacer algo diferente al día anterior. Que mañana te irás a atravesar el amazonas para rodar un documental, y que ayer apagaste un incendio en la calle de al lado.

Siempre voy desgranando cada momento. Ahora que ya estás aquí en Nueva York el tiempo pasa más despacio aún de lo que lo hacía antes. Curioso, ¿verdad? Tanto tiempo deseaba que me encontraras que ahora que lo has hecho la simple idea de que todavía estuvieras en Madrid me parece impensable. Cada vez que oigo la puerta cerrarse cuando has salido ya, miro al techo dos minutos y me levanto. Pongo algo de música, cada día algo diferente, porque apareciste aquí, en la gran ciudad, con poca ropa y muchos discos. Hoy tocaba Frank Sinatra, ayer escuché a Lou Reed, y mañana que es viernes y vuelves antes a casa tengo planeado deleitarnos con algo de Aretha Franklin. Quizá sea muy de clásicos, y tú de novedades revoltosas.

Hoy todavía no me he levantado y hace hora y media que te has ido. Sé que no te va a gustar encontrarte esto cuando hoy a las ocho y media entres por la puerta, cansado, y con ganas de verme (espero). Tengo que irme a Edimburgo un mes. Sé que llevas aquí apenas cuatro meses, pero sé que te las apañarás, pienso llamarte todos los días en los que tú no lo hagas, o incluso en los que sí. Claro que te echaré de menos, ni se te ocurra pensar por un momento que no. Tengo que irme por un reportaje de fotografía que la empresa ha decidido realizar, está bien pagado y me han elegido a mí para hacerme cargo de todo.

Cuando esta noche leas esto, yo ya habré llegado a tierras escocesas, espero tu llamada.
Te quiero, ¿vale?
Tienes una sorpresa en la nevera.

1 oct 2011

Está lloviendo, la alfombra roja está empapada.

Ajustó la hora del reloj, colocando las manillas en el lugar en las que les correspondía estar, señalando los números correctos. Acababa de llegar a Nueva York, ahora eran las cuatro y media de la mañana y la hora de Madrid sólo le servía para orientarse a la hora de hacer llamadas y recibirlas.


No sabía exactamente por qué había realizado aquel viaje. Entendía que era porque llevaba años queriendo viajar a aquella ciudad, queriendo perderse por sus inmensas calles y barrios, queriendo pasear por el puente de Manhattan, o coger uno de tantos taxis que pasaban cada minuto. Había visto al ciudad en fotos, películas, libros, y efectivamente, era imposible describir lo que uno sentía allí. Había que experimentarlo para poder opinar.
Trataba de recordar la otra causa que le había hecho llegar a aquellas horas a aquel aeropuerto. 
Pero no necesitaba recordarla, la tenía impresa en el cerebro desde hacía tiempo. Había ido para buscarla. No, para buscarla no. Para encontrarla. En cualquier café, en cualquier esquina, apartamento o banco de cualquier parque. No cejaría hasta dar con aquella melena rubia que le había hecho perder la cabeza, hasta poder observar de cerca y sentir de nuevo aquellos labios finos que no hacían más que aparecerse en sus sueños.
Aunque el sol se pusiera cada día por mucho que no la encontrara, la luna le serviría de lupa para seguir las pistas.


Y le iba a ser necesario un sombrero, de modo que se aventuró a la primera tienda que encontró en el aeropuerto, de aquel duty free neoyorquino. No se lo quitaría hasta tenerla enfrente, entonces, con toda la elegancia y agilidad que los nervios y la sonrisa le otorgaran, se lo quitaría y se lo pondría a ella, diciendo:
-Te encontré.


Se imaginó cómo iba a besarla, con cuántas ganas y empeño, con la distancia y el tiempo desapareciendo al paso que sus labios se encontraran.


La alarma del móvil le despertó. Torpemente pulsó el botón para apagarla y se fijó en la hora. Las doce y media. Miró al techo, y se encontró de bruces con un cartel que había pegado hacía más de un mes. Así decía:
"Sigues en Madrid, inútil."

26 sept 2011

La bandera de Micronesia se ha quedado sin estrellas.

Sintoniza las pulsaciones imaginando que no son las tuyas,
Cavilando entre las musas que caminan por el mar.
Y así mismo, convaleciente, veterano de guerra,
Avisando a la corrupción de los peligros de la soledad.
Sin vergüenzas que tocan oboes, miran de reojo el reloj,
Buscando un escondrijo entre las columnas de paz.
Auguro que el mal, ya hecho, podrá simplificarse
En tres números romanos que no sumen más de cien.
Ataviado como voy, de héroe griego, no puedes atacarme,
Invulnerable soy ahora, invulnerable soy ahora.
Caminas tú, camino yo, bailando tú, gritando yo.
Son sólo azares del encuentro que rehúye entre ratones,
En cloacas con nubarrones, que no conocen la tempestad.
Zumba el azúcar en el azucarero, razona el sombrero en el vestidor.
Asimila los conceptos, como un coche de carreras, una victoria infranqueable,
Un limón empedernido.
En las islas del pacífico, las estrellas ya no brillan.
Las estrellas ya no brillan.
Bailas tú y grito yo.
Entre gorgojos los cangrejos saltan de lado, buscan el mar añorado.
Bailas tú, grito yo.

22 sept 2011

Hoy me he levantado con la indecencia como mochila.

Con el temple que distingue al cínico y al incoherente, cogió la taza que estaba en la mesa de madera, y que había dejado una marca de color blanco formando un círculo; y abandonando la calma en favor del histerismo, la lanzó contra el suelo, destrozando la pieza de porcelana, que estaba manchada con pintalabios. El café saltó como un muelle, con diversos trozos que se perdieron desperdigándose por todo el salón. En la radio sonaba Transmission de Joy Division, la versión en directo. Podía escuchar a Ian Curtis gritando el Dance, dance, dance, dance to the radio, al tiempo que su corazón percutía en su pecho, actuando de batería.

Desobedeciendo la ley de la gravedad, se lanzó al sofá con la intención de que su cuerpo flotara y pudiera perderse saliendo por la ventana del salón, abierta de par en par. Todo ello sin que variara en su cara una mueca de enfado y desesperación desencajadas en sus pómulos y sus cejas.

Al otro lado del lugar, con los puños apretados y la cabeza gacha, se encontraba la otra persona que había presenciado lo ocurrido, que había propiciado lo ocurrido, que llevaba provocando lo ocurrido desde hacía tiempo, ignorando las consecuencias, tomándolas como inexistentes ante sus actos; como si de una figura divina se tratara. Alguna que otra lágrima, quién sabe si de susto o de dolor, asomaba en sus ojos. Le pitaban los oídos, no era capaz de articular palabra, ni de escuchar con claridad cualquier palabra o sonido que asomara en aquel salón. Le pareció escuchar algo parecido a un Yo no me merezco esto y otra frase similar a un Si no quieres seguir, vete, pero vete de verdad.

No era capaz de recobrar el sentido, para él todo lo había perdido desde el momento en que llamó a la puerta de la chica, y tuvo que insistir a gritos que le dejara entrar, que quería verla, que necesitaba verla. Ni por un momento se le pasó por la cabeza que su enfado tuviera que ver con él, y no con otra circunstancia más. Se llevó las manos a la cabeza, despeinándose, y alzó la vista. Ella estaba encogida en el sofá, mirando hacia el respaldo, llorando. No supo qué hacer, no podía saberlo. No sabía cómo había llegado aquella situación.

No, sí que lo sabía. Sabía perfectamente lo que había ocurrido, pero no tenía la menor idea de cómo y por qué había viajado todo por aquellos raíles, y no por los contiguos, que eran los correctos. En esas ocasiones en las que todo abandonaba el estado de a pedir de boca deseaba que el parqué se rompiera a sus pies, y se precipitara en una caída continua hasta que llegara al otro lado del mundo, a Australia, a la Antártida, a dónde fuera. Era lo más cobarde que había visto el mundo. Y ni siquiera trataba de ocultarlo.

Sabía que si se acercaba y acariciaba su hombro, ella respondería grotescamente con frases en su contra, con insultos, con un déjame que le mataría, con una violencia impropia por todo lo que habían hecho juntos en el último año. Se mantuvo inmóvil, esperando a que ella diera el primer paso, para evitar que todo se rompiera más.

Pero ella también se mantuvo inmóvil, esperando que él diera ese primer paso, que intentara consolarla, que intentara que dejara de llorar. Si tanto la quería, era lo suyo, ¿no?. No le aliviaba que fuera un cobarde, y que por esa razón no hubiera sido capaz de contarle las cosas de frente, que no fuera capaz de no mantenerse inmóvil. Sabía lo que había ocurrido desde hacía tiempo, mucho tiempo, y siempre había perdonado. Había vivido aquellos meses esperando a que él se atreviera a confesar su infidelidad, tragando saliva cada vez que decía que tenían que hablar de algo. Y maldiciendo para sus adentros cada vez que no soltaba prenda sobre aquella noche en el parque, en la que él decidió que el alcohol era suficiente escudo como para besar y acostarse con otra, y al día siguiente hacerlo con ella.

Inmóviles los dos, esperando el siguiente acto, pasaron la tarde. Finalmente él se rindió al cansancio y se dejó caer de rodillas al suelo, sin levantar la mirada de él, pensando o lo que fuera que estuviera haciendo.

-Pe... pe... perdóname - dijo al fin, con la voz resquebrajada por haber mantenido silencio las últimas horas - perdóname - repitió, ya con más calma - he sido un estúpido, no he sabido ver las cosas.

Ella se giró y le miró a los ojos, dándose por satisfecha en lo que quería oír. Asintió y se levantó para abrazarle. Sintió los músculos de su espalda muy tensos, muy nerviosos. Siguieron abrazados y ella le susurró al oído:

-Sí, no has sabido verlo, sé que lo sientes - decía ella - te perdono, te perdono, de verdad, pero ya está, esto se ha acabado, se acabó en el momento en que aquella noche todo pasó. Simplemente se alargó porque quería que tú me lo contaras, que te arrepintieras - rompió el abrazo para continuar ante la sorpresa del chico - Se acabó, han sido trece meses que deberían haber sido nueve.

Sin mediar más palabra, ella encendió un cigarro y se sentó en el sofá, mirando a la ventana, que seguía abierta. Él cogió su sudadera, y sin siquiera esquivar los trozos de porcelana que había en el suelo, se fue de aquel salón. Se fue de su vida. Quién sabe si para siempre, o para volver a entrar más adelante.

6 sept 2011

A wolf at the door.

Somos accidentes.
Esperando.
Esperando para ocurrir.

Y hasta que no ocurrimos no nos damos por vencidos, somos insitentes, maleducados, inoportunos, desvergonzados. No tenemos prejuicios y amamos la velocidad. Atentamos contra el viento y contra las posturas ajenas. Locos, todos locos. Somo algo asi como muñecos de trapo que se doblan con elasticidad, pero que nunca se rompen.
Si no se rompen... ¿cómo vamos a poder dignarnos a desaparecer?
Para olvidar no es necesario desaparecer, pero para desaparecer es imprescindible olvidar. Cuando esté en el cobertizo de mi pequeña cabaña en Wisconsin, observando la nieve amontonada por todas partes, podré dignarme a pensar y recordar a todos y cada uno de esos accidentes que pueblan la vida de cada. Y cuando llegue el momento de la vuelta, y no los encuentre tal y como eran, todo será más pacífico, más melódico.

Hay un lobo en la puerta, sé que está, y nunca le dejo entrar. Pero me llama, me está llamando, me llama al teléfono, me cuenta todas y cada una de las maneras con las que me quiere destrozar. Quiere robarme a mis hijos si no pago las deudas, sin rescates, y me amenaza con no volver a verlos de nuevo si llamo a la policía.
A estas alturas cualquiera se pone a deducir quién es el lobo y quiénes son los hijos. El lobo es el que me está diciendo que me marche, que desaparezca. Mis hijos son todos mis recuerdos. No quiero desaparecer y perderlos de nuevo. La policía no es otra que mi propia indecisión.
Como me dijeron una vez, aprendí a hablar cuando dejé de entender mis metáforas.

Y aprendí a vivir cuando dejé de abrir la puerta al silencio.
El momento acaba de irse, si lo dice Yorke
Sí, se ha ido.
Pero tengo el presentimiento de que algún día volverá. Porque estoy más que seguro de que ha decidido desaparecer pero sin tener que olvidar, teniendo al lobo al teléfono y en la puerta, y algún día volverá para que todos esos accidentes atrasados ocurran. Habrá quién lo reciba con lso brazos abiertos, y otros con una bofetada.
Ni el saco está lleno, ni nadie ha bajado para que deje de silbar.

¿Qué más da?
Si ya lo decía Ian Curtis, cuando se pierde el control, la vida se mueve como un cable de alta tensión roto, nunca se sabe a qué va a atizar esta vez con su extremo ardiendo.


Put me inside, put me inside,
put me inside, put me inside.
I keep the wolf form the door, but he calls me up.
Calls me on the phone, tells me all the ways
that he's gonna mess me up.
Steal all my children if I don't pay the ransoms, and
don't ever see them again
if I squeal to the cops.