Solía bajar a la calle a eso de las once y media o doce,
para, a parte de echarse un cigarro con las ganas acumuladas de toda la tarde,
observar como el frío ahuyentaba a cualquier persona que se atrevía a salir de
su portal a tirar la basura, o a sacar al perro, o incluso a echarse un cigarro
como lo hacía Bert. No sabía por qué le sorprendía encontrarse la calle vacía
aunque hiciera frío, se sentía dueño de ella al ser el único ser viviente que
pasaba por allí a esas horas en pleno diciembre. De vez en cuando un coche
rompía el silencio y atravesaba los cien metros de calle a una velocidad
excesiva, o moderada.
Sentía una necesidad imperiosa por ser dueño de algo más que de su propia vida,
como ya se consideraba sin siquiera superar la mayoría de edad. Es como si algo
le empujara a hacerse con algo en su poder, pero sin resolverle el acertijo de
qué era lo que necesitaba poseer para alcanzar un estado de mayor felicidad,
por así decirlo, trasladándolo a lo filosófico.
No era un caprichoso, nunca lo fue. Y ahora tenía la sensación de que algo se
le escapa dentro de sí mismo, y que tenía que atarlo bien para que no saliera y
le abandonara. Lo que no sabía era cómo hacerlo.
Observó morir al cigarrillo en el frío suelo mientras sacaba
las llaves del bolsillo interior de su cazadora y las introducía en la
cerradura, antes de volver a subir a su casa y perderse una vez más frente al
escritorio, sin saber muy bien qué hacer, intentando resolver aquella ecuación
que se le había presentado sin siquiera avisar con un saludo, sin presentarse protocolariamente antes de comenzar a hablar.
Al fin y al cabo había aprendido que las encrucijadas no eran muy educadas, y
que nunca daban los buenos días antes de colarse en tu café e intentar hacerte
la vida más difícil.
