Se sentó a esperar, como siempre, en el único banco que había en la calle, y que miraba de frente al portal de Beth. No tardó en morderse el labio, como siempre que le correspondía esperar, se mostraba nervioso, como siempre. Se peinó, o revolvió, los rizos, y se miró las uñas, prácticamente como un reflejo, porque no tenía ninguna necesidad de mirarlas. Las observó como si buscara marcas de golpes o heridas, sabiendo él mismo que nunca se había mordido las uñas salvo en casos estrictos en los que lo había hecho para aparentar o disimular. Se apresuró a marcar el número de su amiga y a colgarlo al sonar la primera señal.
-Vamos...- susurró, impaciente.
Seguramente no llevaba más de cinco minutos allí sentado, pero desacostumbraba a llegar antes a los sitios, y menos aún a tener que esperar. No dudaba a la hora de desesperar y comenzar a realizar llamadas para confirmar que sí, que efectivamente no iban a fallarle en la hora y el lugar citados. Era una forma e ser, incorregible por una parte, y respetable por la otra. El sonido de la puerta del portal abriéndose le hizo levantar la mirada de la acera. Una mujer de unos sesenta años con zapatillas de andar por casa y un caniche revoltoso salieron a la calle y giraron a la derecha. Joe notó como esa pequeña ilusión que se siente por cosas tan pequeñas e insignificantes como el de encontrar algo que hacía unos días se había perdido, o ver a lo lejos a la persona a la que esperabas, se desvanecía de sus ojos y de su cuerpo, para volver a clavar la mirada en el suelo. Se fijó en una mancha negra que tenía en la punta del zapato, al tocarla y notar lo áspero de la tela recordó el momento exacto en el que apareció la mancha. A una distancia de más de quince centímetros parecía una mancha cualquiera, pero si te acercabas, o incluso la tocabas, se veía claramente que se trataba de una quemadura, como si alguien hubiera decidido apagar su cigarro en sus zapatillas.
Chistó rascando la tela, con la esperanza de que el pequeño agujero desapareciera, se desvaneciera, flotara hasta el portal, y que apareciera Beth tras ella.
Suspiró.
Su suspiro se vio interrumpido por el vibrar de su teléfono móvil.
"No bajo hoy", ponía en el mensaje que Beth le había enviado.
-Y una mierda - dijo en voz alta Joe, que dirigió la mirada a la ventana del tercero, que era la de la habitación de Beth.
Se bajó del banco y se apresuró a llegar al portal y marcar el botón adecuado. Esperó unos segundos, unos cuantos más de lo normal.
-¿Quién es? - respondió la voz de Beth desde el recibidor de su piso.
-Baja, te estoy esperando desde hace...- sacó el móvil para mirar la hora - quince minutos.
-¿No has leído el mensaje? - se sorprendió ella - te eh dicho que hoy no bajo, no puedo.
-Sí, lo he leído - suspiró, por qué no bajas - tengo una idea buenísima para una canción, va de un chico con gafas de sol de Wisconsin que llega a...
-No me apetece bajar Joe, no me apetece para nada, no quiero saber nada de música, ¿vale? - subió el tono.
-No, no vale, habíamos quedado.
-Pues yo he roto la cita.
-No puedes hacerlo, no sin darme una razón - se defendió subiendo el tono también.
-Te he dicho que no me apetece.
-Eso no es una razón.
-Es mi razón - dijo recalcando fuertemente el mi - y no necesito que vengas tú a decirme que no es una razón.
-Venga, Beth, baja, un rato.
-Que-no-quiero - dijo soltando las palabras como dardos - no me apetece estar contigo... ni con nadie, y me da igual lo que digas,
-Vale, vale - se rindió Joe - como quieras.
-Estupendo - colgó su amiga rubia.
-Sí, estupendo Beth, estupendo - se dijo a sí mismo Joe, con los dientes apretados.
Se sentó en el banco de nuevo, y no dudó en devolverle la mirada a Beth, que estaba mirando por la ventana si su amigo se iba o no.
Beth movió los labios, formado un "vete", que fue contestado por un corte de mangas de Joe.
Finalmente, Beth juntó las cortinas.