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5 dic 2010

De cómo es tan cierto y a la vez tan falso.

Chris, mi gran amigo de la infancia.

Así titulaba la historia cada vez que la contaba. Matthews de apellido, su padre era escultor, y su madre dependienta de una tienda de perfumes, que siempre le hacía descuento a la mía, por eso de ser amigas.
Su madre se marchó cuando él tenía siete años y de tanto tiempo que pasó con su padre se le contagió la vena artística y a los dieciocho años se fue a vivir a Canadá. A menudo me enviaba fotos sobre las esculturas de hielo que realizaba o sobre sus excursiones a las montañas de hielo. Recibía cartas, postales, christmas en navidad, fotos, más fotos, textos, incluso una vez recibí una caja de bombones canadienses (que por cierto estaban amarguísimos, con lo poco que a mí me gusta eso).

Hasta que un día me invitó a ir a verle a Vancouver (aprovechando uno de mis viajes de negocios). Y acepté. Pero cuando llegué allí, a la calle, al piso donde se suponía que él residía, me encontré una carta al lado del felpudo con mi nombre (carta que aún guardo) y que así decía:

Querido Eliott,

Siento no haberte podido abrir la puerta de mi acogedora casa, pero un caso de extrema urgencia me ha obligado a abandonar la ciudad, y quién sabe si volveré algún día. Las llaves están guardadas en la tercera maceta de la derecha, por si quieres pasar unos días, si no es así, te agradecería mucho que te las llevaras, por si alguien las descubre algún día, para que no pueda entrar.
Lo siento mucho, de verdad, espero que podamos vernos en un futuro no muy lejano, en cualquier lugar, por muy escaso que sea el tiempo que tengamos.

Un abrazo afectuoso.
Chris.

Y ahora, tres años después de aquello, tres años sin recibir fotos, sin recibir postales, textos, tres navidades sin christmas suyos, aunque yo se los enviara, me vuelvo a acordar de él. 

En apenas unas horas llegamos a la frontera, una azafata me acompañó amablemente hasta el hostal donde me iba a hospedar (apartado totalmente de los demás pasajeros). Quería estar tranquilo, pasar el día libre descansando y reuniendo fuerzas y ganas de todo para el día en el que llegaría a Montreal, llamaría a mi sobrino, y pasaría con él un tiempo.

Y no, no avisé a la empresa que me iba a ausentar, pero sinceramente, no creo que mi jefe tenga lo que hay que tener para despedir a un minusválido.

1 dic 2010

De cómo caer en el error más tonto.

Comenzó a llover, sin más, sin un aviso, sin nada que nos hubiera indicado que el agua sería una más en el viaje. No resistieron mucho las ventanas antes de empañarse e impedirme ver por qué parte del trayecto íbamos. De vez en cuando usaba la manga para hacer un círculo entre el vaho y poder mirar el exterior sin tener que preocuparme por volver a hacerlo de cinco en cinco minutos, más o menos.
Más que menos que más. Richard y su padre dormían apaciblemente, y la verdad no me importaba en absoluto. Cuando uno trabaja en una empresa de ventas, se acostumbra a viajar solo, pero en todo momento te sientes respaldado por la empresa, por tus compañeros. Sin embargo, este no era un viaje por negocios, trabajo o deber, si no por puro placer. Pocas veces había viajado por placer. Quiero decir, a sitios que hubiera querido ir sin tener que viajar por trabajo. New York, Los Ángeles, San Francisco, Seattle, Florida, San Antonio, Dallas, Michigan, Indiana, New Orleans, Washington D.C., Vancouver...

Esos eran la mitad de los sitios a los que había viajado por trabajo en Estados Unidos. París, Roma, Barcelona, Londres y Oslo habían sido mis únicos destinos fuera de casa, y no me puedo quejar, no hay mucha gente que pueda presumir de haber visitado tantas ciudades en su propio país y otras tantas fuera. Pero el año pasado decidí parar. El cansancio empezaba a mellar mi moral y mis ganas de todo. Así que abiertamente, sin tapujos, me planté en la puerta de mi señor jefe y le pedí que me cambiara a ventas locales, aquí, en Wisconsin. Accedió encantado, alegando que había sido la única persona en pedir un cambio así, en vez de un aumento, un ascenso, o viajar a una ciudad.

Así que este era mi primer viaje en un año, y viajaba por placer. Claro está, no es comparable la comodidad de mis viajes en avión, a veces en primera clase, con un autobús chirriante e incómodo como este. Pero no me importaba, viajaba por placer, iba a visitar una ciudad que llevaba toda la vida queriendo ir, ya hora, en invierno, todo estaría nevado. No es loa misma nieve la que hay en Wisconsin, que no dura un suspiro y viene acompañada de muchísimo frío, que la nieve de Montreal, que es fresca, el clima el adecuado, y no hace falta que el termómetro baje quince grados para que la gente comience a sacar sus estufas y a encerrarse en casa.

Con lo fácil que es ponerse un abrigo bien calentito, un gorro, guantes, botas, y disfrutar de lo blanco, antes de que con las pisadas y al suciedad pase a ser marrón. Mis vecinos son todos unos sosos, que sólo saben seguir las pautas habituales, en verano, sacar la mesa y sillas, beber limonada en ropa corta, y en invierno, encerrarse. Hay que saber disfrutar lo bueno de cada tiempo. Hay que apreciarlo. Y creo que ahora que he sobrevivido a un accidente de tráfico brutal, aprecio más las cosas.

No pasó mucho tiempo hasta que tuvimos que hacer el primer alto, alguien había devuelto y había dejado todo perdido, de modo que nos bajamos en un área de servicio y aprovechamos para tomarnos algo calentito. Tenía quinientos dólares en la cartera, de modo que más de un capricho podría otorgarme sin preocupaciones. Mientras limpiaban y aireaban el autobús, fui a la barra del bar y pedí un café bien calentito, son leche y tres cucharadas de azúcar. Pude disfrutarlo durante media hora, que es lo que tardaron en dejar más o menos decente el autobús. Volvieron a subirme, y Richard y su padre seguían durmiendo. Me acomodé en mi asiento, saqué una manta de mi mochila, y me dispuse a quedarme dormido yo también, pero no pude. El café me había dado más energía de la que ya tenía, de modo que intenté hacer sueño leyendo un poco. Nada, ningún avance. Finalmente, tras dos horas pensando, leyendo, organizándome un poco las cosas que haría, volviendo a pensar, escuchando un poco de música, conseguí dormirme.
Y hasta que no volvimos a pararnos no me desperté.

Un pueblo muy feo se alzaba a través de los cristales empañados, todas las casas eran grises y uniformes, las calles formaban una cuadrícula, y al fondo, en una gran colina, se hallaban las ruinas, muy conservadas por cierto, de un antiguo castillo medieval.
Como no había una cantidad copiosa tiempo, no pude ir a visitar las ruinas, aunque me hubiera gustado mucho hacerlo, me gusta hacer turismo, y cuando viajaba, el trabajo me dejaba muy poco tiempo para poder relajarme, tomar un respiro y hacer turismo, ver las ciudades que visitaba.
Pasaríamos la noche en la carretera, de modo que habría que esforzarse por concentrar el sueño entre bamboleos, botes, chirridos y giros, acelerones, frenos, pitos, de todo. Opté por no tomarme ningún café para ir cansándome poco, en un día estaría en la frontera y podría dormir en la cama de un hostal que había pagado junto al viaje.

28 nov 2010

De cómo unir las pecas de tu brazo para crear constelaciones.

-Buenas tardes - saludé.
Fui recompensado con una mirada de pocos amigos y un "buenas tardes" bastante forzado. 
El señor volvió a mirar por la ventana, como si nada más existiera para él. Una lucecita y un sonido nos indicaron que el autobús estaba listo para ponerse en camino, harían un alto en un pequeño pueblo de la frontera, antes de continuar hasta Montreal. Aún no había avisado a mi sobrino de que iba a ir allí. Pero creo que no hacía falta.
Justo antes de que el autobús comenzara a moverse, el abuelo que estaba dormido se despertó con un sonido que en ese momento me pareció un rugido. Resulta que estaba tosiendo. Hasta el señor que estaba mirando por la ventana pegó un salto del susto. Tras frotarse los ojos, el abuelo preguntó:
-¿Hemos llegado ya?
El otro señor puso cara de contrariedad y volvió a mirar por la ventana.
-No, aún no hemos salido - le dije yo con una sonrisa.
No había sido capaz de no contestar a aquel abuelo del modo en que lo había hecho el otro señor, que me pareció de lo más grosero.
-Mierda de sistema - dijo el abuelo antes de caer en el asiento bruscamente.
Me acerqué en seguida y comencé a preocuparme por su estado, llamándolo varias veces.
-No te molestes - dijo una voz a mi espaldas.
Era el otro señor, que se había quitado los cascos y se había acercado a mí para observar al abuelo.
-Debe de haberle hecho efecto la pastilla, por fin - me dijo.
-¿Os conocéis? - le pregunté abiertamente.
-Por supuesto - me dijo - es mi padre.
Asimilé lo más rápido posible la nueva información, antes de que una de las azafatas llegara y nos pidiera amablemente que ocupáramos nuestro asiento ya que en seguida saldríamos a la autopista. Con la ayuda (prácticamente innecesaria) de la azafata, el señor y yo ocupamos nuestros asientos. La azafata se marchó y reinó el silencio, bastante incómodo por cierto. Tras unos minutos, el señor rompió el silencio:
-¿Qué se le ha perdido en Montreal? - me preguntó.
-Mi sobrino - le contesté sonriente. 
Pero al ver su cara seria decidí cambiar la respuesta:
-En realidad nada, necesitaba un descanso, viajar un poco.
-¿Y su sobrino? - me dijo - ¿Qué pasa con él?
-Se fue a Montreal en tren ayer, y he decidido seguirle.
-¿Y eso?
-No lo sé.
El señor asintió sin más y se puso un gorro que había sostenido en la mano durante todo el rato. 
-Siempre se me quedan frías la orejas. - me dijo.
Sonreí.
-Mi nombre es Richard - me dijo - y ese es mi padre Lonnie.
-Yo soy Eliott - respondí - con dos "tés" y una "ele".
-Vaya, siempre había pensado que era Elliott.
-En realidad lo es, pero en el registro civil se equivocaron y me pusieron una sola "ele".
De nuevo reinó el silencio durante unos pocos segundos.
-¿Y as usted? - le pregunté.
-¿Perdón?
-¿Qué se la ha perdido en Montreal? - aclaré.
-Una hija a la que no veo desde hace cuatro años.
-Ah... - dije, y me sentí algo estúpido.
-Ahora, si me disculpa - comenzó el señor, Richard - creo que voy a dormir un rato, necesito descansar.
Asentí y el hombre se bajó el gorro hasta la altura de los ojos, cruzó los brazos, y se apoyó en la ventana. A los dos minutos ya ni se movía.
Y allí me quedé yo, prácticamente solo, en busca de un tiempo de reflexión hacia una ciudad de otro país en el que nunca había estado, en silla de ruedas, con dos señores casi desconocidos dormitando a mi alrededor. En ese momento, eché de menos a Chris.

27 nov 2010

De cómo ser científico sin haber estudiado ciencias.

No entendía aquello, para nada. Mi sobrino, expectante, aguardaba mi opinión sobre su dibujo. Pero es que no sabía qué decir. Era una especie de pájaro con unas cadenas atadas a las patas con una gran bola que le impedía remontar el vuelo. Su caída en picado venía indicada con una líneas de velocidad que transmitían la limpieza de los trazos. Pero no lo entendía.
-Está bastante bien - dije finalmente.
Él sólo sonrió, cogiendo el dibujo y mostrándomelo.
-No sabes lo que significa, ¿verdad? - me dijo.
Simplemente negué con la cabeza, guardó el dibujo en su mochila y se marchó con un alegre adiós. No se quedó a dormir y eso me sorprendió, pero no más que su misteriosa despedida. Definitivamente no entendía nada. Pero no tardó en llegarme un mensaje suyo, en el que me decía que se iba a Montreal a media tarde, que ya me explicaría lo que significada el dibujo, y que volvería para navidad, dentro de dos meses. 
Y seguía sin entender nada. Y como no entendía nada y era la hora de cenar, me puse a la tarea.
No me apetecía nada fuerte, de modo que la primera idea que pasó por mi cabeza fue la de una ensalada de atún. Pero al abrir la nevera me encontré ante un dilema: ni rastro de lechuga y atún. Refunfuñando entre dientes, abandoné el proyecto de la ensalada y pensé en pasta, y por suerte encontré unos macarrones en la despensa. Al final me los comí con salsa barbacoa, porque carecía de queso y tomate. A saber que hubiéramos tenido que cenar (que quede claro que sólo tenía macarrones para una persona) si mi sobrino se llega a quedar a dormir. Bueno, hubiéramos llamado a un chino, o a un algo. Y quizá debería haberlo hecho, porque la cena me sentó como un tanque y me pasé la noche entera en vela con unos incesantes dolores de estómago y continuas visitas al cuarto de baño (sin llegar a vomitar, añado).

A la mañana siguiente me volvió a llegar un mensaje de mi sobrino que decía así:
Hola Eliott, estoy en Montreal, perdido y con quince dólares, tengo mi cuaderno y mis rotuladores, creo que voy a optar por dibujar en la calle y vender los dibujos. Un abrazo, ojalá estuvieras aquí.
PD: me quedan sólo dos rotuladores, es una indirecta.

Y no se me ocurrió otra cosa que hacer que irme a Montreal, con mi sobrino, viajar, no me vendría mal, tenía una suficiente cifra ahorrada, a parte de que el seguro me había indemnizado no poco dinero tras el accidente y porque se me rompió la caldera hace ya dos semanas. Me iba a Montreal, y me iba ya. A las siete y media salía el primer autobús hacia Montreal, y era el que pensaba coger. Hice la maleta como buenamente pude, saqué los billetes por internet, y a las seis ya estaba saliendo de casa directo a la estación.

"Autobús número tres-cuatro-siete destino Montreal, cinco minutos para salir" dijo una voz femenina por megafonía. Cogí mi maleta y me acerqué a la larga cola de personas que iban a viajar conmigo. Delante mía había una pareja joven, que no cesaron de besarse continuamente hasta que les pidieron los billetes. A lo lejos se oía una discusión entre dos chicos, en la que uno le reprendía al otro el haberse dejado los billetes en casa. Vaya, dos que no iban a viajar. Justo antes de subir me avisaron de que existía una zona especial para minusválidos dentro del autobús y que gustosamente me atenderían a cualquier llamada durante el viaje. Acepté gratamente la oferta y una plataforma me elevó hasta el autobús. Un señorito vestido de uniforme rojo y que llevaba un gorro algo estúpido me guió hacia aquella zona especial, que era la que se encontraba al final del todo.
Al entrar se me cayó el alma a los pies, tres personas éramos. Un abuelo con un brazo ortopédico dormía a pierna suelta en dos asientos, y un hombre de mediana edad en silla de ruedas miraba por la ventana mientras escuchaba música. Estaba tan concentrado en mirar a través del cristal que hasta que no me colocaron al lado suya no se dio cuenta de mi presencia. 

El ambiente de aquella zona era algo verdaderamente lamentable, tres personas, una dormida, dos en silencio total, que tendrían que soportarse durante horas, menudo planazo, sí señor.

22 nov 2010

De cómo se abastecen los ríos.

No me gusta que me ayuden, pero cuando uno requiere ayuda, la requiere. Y el hecho de estar en silla de ruedas significa que voy a requerirla bastantes veces.
Primer día en la oficina. Cojo aire, entro, y cómo no, acaparo todas las miradas. Unos pocos susurran, otros se quedan mirándome, pero sólo John Brockman, un hombre al que sólo conozco de haber hablado en la oficina tres veces con él, se acerca y me da una palmada en el hombro, me dice que me habían echado mucho de menos, y me coloca una corona de papel en la cabeza, que me hace sonreír. Me acompaña hasta mi puesto, y allí veo a mis mejores compañeros, que, aunque me vieron en silla de ruedas, no perdieron la sonrisa para saludarme de nuevo, abrazarme, y decirme que sin mí el trabajo era más aburrido. 
-Es el trabajo joder, no tiene por qué ser divertido.
Mis palabras fueron las únicas que consiguieron nublar por un momento las sonrisas de los demás, así que, después de unos segundos, me dejaron sólo, frente a mi ordenador. Lo encendí, y un fondo de pantalla que decía "¡Qué bien tenerte de vuelta!" me hizo sonreír. Lo quité y volví a poner a la colina típica de Windows. Es el trabajo, hay que tener un mínimo de seriedad al fin y al cabo. 
Me quito la corona y mi jefe en persona me viene a saludar y a darme la enhorabuena por mi vuelta, pero sus expresiones no podían ocultar lo nervioso y tenso que estaba por el hecho de tener un trabajador en silla de ruedas en la oficina. Seguramente no se había planteado que mi accidente fuera tan... ¿fuerte? No, bestial.
Bueno, el hecho es que la cálida bienvenida de mis compañeros, nada que ver con la de mi jefe, absolutamente por compromiso, hizo que comenzara con más ganas el trabajo. 
Antes de tener el accidente, estaba a punto de vender una gran cantidad de bollos especiales para mojar en leche, que no se rompían, y al ver que había conseguido venderlos, adquiriendo en total un beneficio de más de tres mil dólares, me llené de satisfacción personal. No es que fuera gran cosa, pero yo solía ser de los que menos vendían de la oficina. Natasha, la rubia con  pecas (o así la llamábamos los demás) se dedicaba a vender chalets, y claro está, su beneficio era mucho mayor al de los demás. Charles vendía flores de todo tipo y árboles, arbustos, y demás, y era uno de los trabajadores más eficientes de toda la empresa, además de una buena persona. Kendra vendía muebles, sofás, de todo, y también conseguía vender bastante.
El tipo de productos que vendías estaba relacionado con tu capacidad como vendedor, y como yo precisamente no andaba muy sobrado de esa capacidad, me tocaba vender un productor menor, como los bollos. Claro está, vender bollos (y probarlos antes de hacerlo) estaba mucho mejor que vender rotuladores como hacía Robert, el novato, o así le llamaban. Yo el llamaba señor Morrison, intentándole inculcar algo de dignidad y respeto a su joven persona. Era un buen chico, siempre me invitaba a café los viernes, y me regalaba rotuladores para mi sobrino, al que le encantaba pintar, y los solía gastar cada semana prácticamente.
En ese momento me dieron ganas de llamar a mi sobrino, pero tenía tarea atrasada, así que lo haría en otro momento.
Tenía diecisiete años y se llamaba Brandon. Me visitaba cada tres semanas y le encantaba dibujar en mi jardín mientras bebía limonada. Cada vez que venái se quedaba a dormir y a la mañana siguiente desaparecía, sin hacer ruido ni nada fuera de su sitio, se marchaba. A mediodía me llamaba y me decía hasta dónde había llegado. Una vez me llamó desde San Francisco, pero cómo había ido en tren, se lo conté como si hubiera hecho trampa. Siempre me decía que cuando tuviera veinte años y algo de dinero, se recorrería el país en moto, y me mandaría dibujos sobre los diferentes lugares que visitara.
Adolescentes, siempre soñando, ajenos a la realidad.

7 nov 2010

De cómo escribir en cirílico.

-A lo mejor me estoy haciendo un lió - continuó - pero creo que al final ha dicho que fuéramos yendo para allá.
-¡Qué va! - contestó el otro - lo que pasa es que estaba cabreado.
-¿Y eso?
-¡Y yo qué se! - gritó - ya sabes como es él.
-Siempre le tratas como si fuera un tonto.
-¿Acaso no lo es?
-No.
El chico la miró con desprecio, como si fuera una loca que no sabe lo que dice, como si estuviera en un completo error y no quisiera aceptarlo.
Agarró su mochila y comenzó a andar, la chica le siguió:
-¿A dónde vas? - le preguntó.
-A mi casa - respondió el chico, más calmado.
-¿Y qué hacemos con él?
-Por mí como si se va a China.
Y volvió a hacerlo, sus impulsos se adueñaron de ella y le pegó un bofetón, antes de insultarle y marcharse completamente cabreada.
-¡Eres un imbécil! 
-Oh vaya - contestó el chico llevándose una mano al moflete, le dolía, pero no lo iba a aceptar - ahora ponte de su lado, después de que te dejara tirada ayer.
-¡Lo hizo porque su madre estaba enferma!
-Eso es lo que él te dijo.
Y el silencio se adueñó de la escena.
Y de repente desperté. Todavía estaba sentado en aquella silla con ruedas, y no sé por qué me dio un escalofrío tremendo. Ah sí, porque todavía estaba en el jardín. Chuck se había marchado hace dos horas. Miré el reloj. Las cinco y media.
Decidí meterme en casa, intentando recordar por qué el sueño que había tenido me resultaba tan familiar.
Maldita sea. No sé que se ha caído en la cocina pero me he llevado un buen susto. Una cacerola.
después de maldecir a la cacerola decidí acostarme en el sillón, total, para las tres horas que me quedaban para levantarme e ir a trabajar...
Mi primer día de trabajo, después del accidente, que lógicamente ha marcado un antes y un después en mi vida. Será para mí como el nacimiento de Jesucristo para los años.

26 oct 2010

De cómo intentar llegar a la luna. (Parte II)

Bueno, ¿Por dónde íbamos? Ah sí, por cuando Chuck y su perro me hicieron la visita inesperada, o no tanto, porque casi todas las madrugadas daban un pequeño paseo para refrescarse. Pero lo cierto es que Chuck adoraba la tranquilidad, y normalmente en nuestra calle suele reinar sobre las dos y media de la madrugada. Al lado de mi se encontraba una pequeña silla de jardín que le sirvió como asiento a mi vecino.
-Una noche fresquita - me dijo, con ese toque de humor sarcástico que tenía.
Yo no hice otra cosa que asentir levemente, mientras Cocker me lamía la mano como un descosido.
-¡Baja de ahí, joder!
Cocker acató en silencio la orden de su amo y se saltó de mi regazo, alejándose unos cuantos metros para tumbarse y mirarnos.
-¿Qué tal lo llevas? - me preguntó.
Y esa era la clase de pregunta que no quería oír, pero por ser Chuck, no me importaba que la hiciera, porque sabía que el no lo hacía por compasión o por aparentar. Me preguntaba de verdad.
-Ahí lo llevo...
Una pequeña brisa y un lejano ruido de motor nos indicaba que un vehículo se acercaba. Era una moto, paso de largo a gran velocidad, montando un gran estruendo. Yo no sabía cual era el piloto, pues iba vestido de pies a cabeza con un negro azabache que casi lo convertía en invisible a estas horas de la noche.
Pero Chuck sí sabía de quién se trataba.
-Maldito Figgins, siempre hace lo mismo. Empiezo a sospechar que lo hace por molestar.
Figgins era el hijo de la señora Rovendahl, que vivía al girar la esquina. Es cierto que a menudo pasaba por allí y yo lo veía, peor nunca lo había visto pasar en moto a esa velocidad. quizá porque no acostumbraba a salir al jardín a las tres de la madrugada a mirar la luna. Quizá porque antes no me costaba dormir de un tirón. Pero ahora me cuesta, y mucho. Me cuesta coger el sueño, meterme en la cama haciendo acopio de mis fuerzas y mi voluntad, me costaba conciliar el sueño, dar vueltas en la cama. Y si no me desvelaba en algún momento una vez dormitaba, era un verdadero milagro.
Pero bueno, ahí me hallaba, y acompañado, que ahora rara vez lo estaba. Y lo agradecía, pero en su justa medida.
No me gusta que se apiaden de mi, y aunque Chuck se interesaba por mi estado de ánimo, físico y mental, el estar el uno al lado del otro en silencio resultaba demasiado incómodo hasta para Cocker, que nos miraba con tristeza, y no porque no pudiera subirse en mi regazo, si no porque era consciente de la tensión que se palpaba, y que tanto Chuck como hasta llegábamos a forzar el hablarnos para no tener que estar en silencio total todo el rato.
La verdad es que desde que me leí La llamada de lo salvaje de Jack London valoro más a los perros.
Y de nuevo el silencio se hizo un hueco en la visita y estuvo con nosotros durante más de diez minutos. 
Hasta que decidí echarlo de allí, comenzando a hablar de béisbol, eso nunca fallaba con Chuck.
Y no falló.
Fue la medicina perfecta, no recuerdo una charla más animada que haya tenido a las tres de la madrugada.
También es cierto que han sido pocas las que han tenido esta característica.


19 oct 2010

De cómo intentar llegar a la luna. (Parte I)

Y es que ahí esta, completamente redonda.
No tenía  otra cosa que hacer que salirme un rato al jardín de mi casa, tomarme un café, y mirar a las estrellas. Bueno, a las estrellas no, porque el cielo está totalmente negro y lo único que se puede ver es la luna, más grande y blanca de lo normal.
Como refrescaba (que ya era hora de que el maldito frío llegara) tuve la sensatez de coger una manta antes de salir a la intemperie. El barrio estaba en silencio, como debía ser a las tres de la mañana.
Pero el sonido de unos pasitos y un bufido el que me reveló que tenía visita. Cocker, el sharpei de mi vecino, comenzó a acercarse hacia mi bastante deprisa. Le tenía cariño y el me lo tenía a mi. Se subió en mi regazo y se acurrucó. Aún no era demasiado mayor (tenía tres años) ni pesaba demasiado como para que no lo pudiera sostener. Además, dolerme, en mi pierna izquierda, no me iba doler.
Como ya me había figurado, su amo, el viejo Chuck, no andaba muy lejos, y en unos pocos segundos se encontraba atravesando mi jardín hacia nosotros. Chuck era de los pocos a los que le había contado lo de mi accidente, y no es porque no tuviera más remedio (me vio saliendo de casa a recoger el periódico), sino porque con él tengo la suficiente confianza como para contárselo.
Chuck ya llevaba viviendo veinte años en el barrio antes de que yo llegara, hace diez. Vivir treinta años en una misma casa no es poco, o quizá si. Bueno, es que no estoy seguro de cuánto tiempo se necesita vivir en un mismo lugar para poder decir que se ha vivido mucho tiempo allí.
Bueno, el caso es que treinta años llevaba viviendo en su casa Chuck, más que mi edad, que sumaba veintiocho. O sea, que dos años antes de nacer yo, Chuck ya vivía en su casa.
Y me estoy desviando demasiado del tema central, que era la repentina (o no tan repentina) visita de Chuck y  Cocker.
Pero creo que ya he escrito sobre mi historia demasiado tiempo hoy, así que dejaré la historia para el próximo día, si es que aguantáis la espera.

Fdo: Eliott Williams.

17 oct 2010

De cómo dividir dos entre tres.

No se por qué cerré los ojos y apreté los dientes. Quizá me esperaba que las piernas se me abrasaran bajo el ardor del té que acaba de derramarse en mi pierna izquierda.
Ah bueno, no me acordaba que esa era la pierna que tenía insensibilizada de por vida - perdonad si os amargo el día, pero es que mi historia es así - de modo que ninguna quemadura me podría doler.
Y el caso es que hubiera deseado que aquello me doliera, que sintiera la piel ardiendo y hubiera tenido que correr al baño a echarme agua fría, y haber podido observar y sentir la ampolla rozar con el calzoncillo y el pantalón cada vez que me vistiese e hiciera el acto contrario. Pero correr no podía, y tampoco sentir como la ampolla me rozaba. Una mierda en toda regla, sí señor.
Aunque si algo hubiera deseado es que si me hubiera quedado sin pierna fuera por amputación, porque por lo menos no tendría que ver aquella ampolla sin poder sentirla, por lo menos no habría una pierna que tocar y sólo sentir el tacto en la mano.
Ya se que últimamente me estoy volviendo muy asqueroso, pero es que no tengo más remedio, más me vale intentar serlo ahora, que tengo una razón.
Y después de haberme pasado la mañana sin poder llorar de dolor no tuve otra cosa que hacer que ponerme un disco de R.E.M. que lo único que hizo fue deprimirme más, para qué las prisas.
Pero me deprimió porque recordaba cómo bailaba esas canciones, como estas me hacían levantarme y comenzar a moverme al son de la música.
Y lo único que tenía en la estantería era rock clásico: un poco de R.E.M., otro poco de Police, Rolling Stones, U2, Kiss, Deep Purple (de cuando pegaron bien fuerte). Y siempre que mi amigo Houston (de nombre, no de apellido, que todas las personas me lo preguntan) me decía que dónde estaban los Beatles ahí.
-Es que lo americano no me va mucho - dije.
-Ah bueno - sarcasmo en su voz - menos mal que son de Liverpool, que si no...
Todo eso me lo podía decir cuando vivía aquí, en Milwaukee, pero desde que se mudó a California he carecido de consejos musicales. Y sigo sin escuchar mucha cosa americana, no se por qué. Y yo que me consideraba patriota cuando serví un año y medio en el ejército, hasta que la miopía me impidió ir a Pakistán (gracias a dios).
Y sin embargo ya apenas me acuerdo de él, sólo cuando escucho música. Es muy triste, porque fuimos siete años juntos al instituto, y luego la universidad nos separó bruscamente.
De vez en cuando disfruto de algún e-mail suyo, pero todavía no me he atrevido a contestarle que carezco de sentido en la pierna izquierda, que ya no puedo caminar, ni correr, que un gilipollas hizo lo propio en la carretera y el acabó muerto y yo, casi peor.
Es una angustia tremenda el saber que nada en tu vida va a ser igual, que ya no podrás salir a correr por el barrio, que los viajes del trabajo se acabaron, es más, rezo porque el trabajo no se haya acabado. Me gustaría poder volver a la empresa y que nadie me mirara con la cara desencajada, que mi jefe no me hiciera un trato especial, ni ningún otro empleado.
Pero es que esto es así, y se que algún día me tocará recibir mil "lo siento" y otros tantos "es terrible" o algún que otro "no te preocupes que ya lo hago yo" o "¿te ayudo?".
Es un asco terrible, creedme.

3 oct 2010

De cómo hablar a las paredes.

Sin duda alguna puedo decir que ese día fue le más largo de toda mi vida, además de aburrido, soso, insípido, monótono y demás adjetivos que describen el aburrimiento.
La pizza que pedí estaba buena, pero no magnífica, que era como yo me la imaginaba. Esperaba encontrarme la pozza perfecta esperando a que servidor le hincara el diente tras haber estado comiendo papillas y mejunjes en el hospital.
¿He dicho pozza? Oh, perdón, creo que resulta obvio lo que quería decir. 
Bueno, el caso es que aquella PIZZA (ahora sí) no me supo bien, es más, ni siquiera me supo, a lo mejor me había acostumbrado a aquellas papillas y mejunjes.
Tras no haber disfrutado de mi cena y haberme gastado siete dólares en ella, decidí ver la tele, por fin sin tener que meter monedas para hacerlo. 
Cuando me quise dar cuenta de que todavía estaba sentado en aquella incómoda silla con dos ruedas a los lados, y que podía haberme sentado en el sofá, ya eran las doce, y me dio tal pereza la idea de levantar mi cuerpo para moverlo hacia aquel mullido asiento, que no lo hice.
Y más tarde me arrepentiría, créanme.
Y así es como fue mi primer día, que ni siquiera fue un día, sino unas horas, pero que me parecieron en verdad veinticuatro.
Menudo aburrimiento de fin de semana me esperaba, lo único que podía hacer era deprimirme al pensar en que al día siguiente no podría salir a correr por la mañana como me había acostumbrado a hacer.

De cómo engañar a una rana y no morir en el intento.

Dos semanas más tarde, en silla de ruedas claro, salí de aquel antro al que llamaban hospital, donde gente lloraba en los pasillos y el silencio se adueñaba de cada habitación.
Lo primero que hice, claro está, fue ir a mi casa. Un doctor me quiso ayudar "voluntariamente" a llegar a mi casa, y a saber cuánto le pagaban por hacerlo.
Bueno, el caso es que acepté su ayuda, porque todavía no me sentía a gusto en aquella silla y la confianza no había florecido en mi interior lo suficiente como para que me atreviera a empujar mi silla durante treinta minutos.
Al llegar a mi calle le indiqué al agradable doctor qué chalet era el mío, y tras llegar a la puerta, soltó:
-Bueno, piense que ahora podrá aparcar sin problemas.
Al oírle reír me pareció escuchar al mismísimo diablo. Le contesté con cara de malas pulgas y tras unos segundos de silencio le di las gracias a regañadientes y el ahora desagradable doctor se marchó.
-Menudo gilipollas - murmuré mientras abría la puerta.
Olía a cerrado, así que lo primero que hice fue abrir un par de ventanas par que el aire circulara adecuadamente.
Casi se me hacía extraño volver a estar en mi salón, y al ver un libro en la mesa me acordé de que empecé a leerlo justo antes de salir a trabajar, justo antes de que ocurriera Eso.
Prefiero llamarlo Eso, aunque se que esconde la verdad, y ello me convierte en un cobarde que no acepta lo que le ocurrió, pero me siento más a gusto diciendo Eso.
En la nevera había un par de cosas, y aunque no tenía ganas de comer nada, me tomé un yogur. Tuve que tirar varios productos porque habían caducado, así que tendría que hacer la compra en algún momento del día, y eran las siete y media de la tarde, así que no disponía de mucho tiempo.
Pero es que la idea de que todos los vecinos y conocidos que iban al mercado empezaran a preguntarme y preguntarme y compadecerse de mi no me animaba mucho a salir de mi pequeño chalet.
Pero bueno, siempre me han gustado las pizza, y que me las traigan a casa también. Ya no tengo que salir de casa hoy, mira por donde, que desgracia.
Desgracia en todo sarcástico, que conste.

26 sept 2010

De cómo cantas para mí.

Los señores de las batas que se hacían llamar médicos, doctores y demás títulos que de poco les habían servido para tratar mi accidente, no paraban de merodear continuamente por el pasillo.
Mi alta no parecía llegar y de vez en cuando susurraban entre ellos como si lo peor estuviera por llegar. Un señor vestido de negro al que no reconocí hasta llegar a estar a dos metros de la camilla donde descansaba traía un armatoste de papeles y un nerviosismo histérico le acompañaba.
Era mi abogado.
Había venido para indicarme que la familia del conductor del Renault iba a emprender acciones legales contra mí, y eso no era bueno, pero tampoco malo, porque el que había maniobrado mal en aquel dichoso momento no fue otro que el difunto conductor. Vamos, que nada por lo que preocuparme, que además la escena estaba grabada en vídeo por un controlador de tráfico de esos que están instalados en los carteles que hay a lo largo de la carretera.
Mi descanso parecía interminable, pero de algún modo me sentía a gusto en mi blanca bata de aquella blanca habitación.
Y pensando en por qué los hospitales siempre eran de color blanco caí en un sueño intenso peor corto, sin llegar a pesadilla, pero sin ser agradable.

25 sept 2010

De cómo comer chocolate.

25 de enero de 1992.

No sé que es lo que más me intimida de haber tenido un accidente en moto, el hecho de haberme quedado sin movilidad en mi tren inferior, o el hecho de haber visto el fin de mi vida tan de cerca.
Normalmente la gente afirma que todo pasó muy rápido, para mi el momento fue eterno. Lo vi venir a cámara lenta, como ese Renault intentaba hacer un adelantamiento invadiendo el carril contrario, como intentaba frenar, como intenté apartarme, como se intentaron acciones en vano. Salí despedido hacia delante. Fue como volar. El vuelo fue eterno, pude ver mi sombra separarse de mi conforme ascendía, y lo último que vi fue como me acercaba a ella hasta reventarme contra el asfalto.
Pronto llegaron las ambulancias, aunque para mí todo fueron susurros y sirenas. Después me levanté en un lugar completamente blanco. Una camilla me sostenía mientras el dolor de haber despertado de la anestesia se apoderaba de mí. Lo sentía en todo el cuerpo, aunque había una parte en la que no notaba nada. 
Mis piernas.
Cuando llegaron los médicos a explicarme todo, si hubiera tenido una pistola, hubiera matado a cada uno de ellos por no haber podido evitar que me quedara en silla de ruedas, hubiera buscado aquel Renault y le hubiera partido las piernas al dueño con un bate de béisbol hasta que ya no sintiera dolor. Pero aquel dueño había muerto en el accidente, y no me lamentaba de ello para nada. Se lo había buscado, y había conseguido su muerte y que mi rabia se convirtiera en satisfacción, una satisfacción que no me iba a permitir volver a andar.