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21 dic 2010

De esas pequeñas detonaciones cerebrales.

Cuando menos te lo esperas, siempre hay alguien que aparece y se empeña en traer nuevos problemas a tu mundo.
Siempre hay alguien que te intenta buscar las cosquillas, que te canta una balada al oído, que te lleva con un ansia enferma de aquí para allá, que sin pensárselo dos veces actúa de forma equívoca, que se convierte en el foco de los problemas, que tiene y un extraño magnetismo para los mismos, que indaga en busca de un detonante para darle un giro más que drástico a la situación, sin otro objetivo que el de permanecer el centro de esta, para no desaparecer, ser recordado, que su nombre no sea amargamente olvidado por sus cercanos, que quiere dejar algún poso, alguna parte de su ser en la mente de los demás, que busca la paz mundial, y a la vez la destruye sin remedio alguno, que sufre más de la cuenta, más incluso que Magenta, aunque sea imposible, que busca su consuelo en su música favorita, que se abstrae del mundo oteando toda la calle con el pretexto de encontrar a otra persona que la llene, que la complete, sin olvidar a aquellos que sólo quieren ver su vida pasar, que no actúan según ellos quieren, sino según sus propias condiciones lo dictan, que reciben la satisfacción del daño ajeno, que se aferra al último rincón de su alma para no acabar precipitándose en algún abismo, que lo único que hacen es escribir sobre su vida, los que escriben de los demás, que no saben escribir, ya sea por sus capacidades u oportunidades, que bailan solo para olvidarse, que son víctimas del alcohol por perseguir el mismo objetivo, que critican a la sociedad en su conjunto, o a un solo individuo y su entorno, que odian a los demás, que no creen en ninguna religión, que defienden sus principios hasta la muerte, y los que los modifican para evadirla, que se basan en los mismos para defenderse de ataques contra su persona, y los que los utilizan para atacar a los demás, los que sólo escuchan canciones tristes mientras observan caer una lluvia torrencial a través del empañado cristal de su propia mente, también los hay que buscan la felicidad, los que filosofan, los que no saben hacerlo, los que sólo quieren vivir a lo grande, los que ni siquiera quieren vivir porque viven divididos sobre si el hecho de que a nadie le pregunten si quiere nacer, si quiere venir a este mundo, es injusto, o al contrario, es un regalo.
Y el señor Añil, de aspecto sobrio y elegante, no era otra persona sino la cual se encargaba de buscar todos esos problemas de tu vida y desactivarlos, como minas en un camino, que sólo pretenden obstaculizar tu paso; y dependiendo de la magnitud del problema, más tardaba el señor Añil en desactivarlo, meditando si el cable verde había que cortarlo, o el azul había que conectarlo al rojo, o si el amarillo sería lo suficientemente importante como para dejarlo tal y como estaba. Buscaba, probaba, con botones, teclas, cables, hasta que daba con la fórmula adecuada, que te permitía olvidar todo aquello que te atormentaba.
Lo llamaban el Buscaminas.

5 dic 2010

De nada.

Érase una vez un niño llamado Granate. Se trataba del niño más desdichado e infeliz del mundo. Y lo era por una razón. Del dicho "siempre hay alguien que está peor que tú", el era el último. Lo que quería decir que era aquella persona que siempre estaba peor que las demás, y no había nadie que estuviera peor que él. Por eso mismo, su vida estaba llena de desventuras y tragedias, pues cada vez que a alguien le ocurría algo malo, esto repercutía sobre él. 
Imagínate entonces, que has sido infectado de una de las enfermedades más peligrosas que existen. Pues Granate siempre sufrirá más que tú.
Y para agravar su sufrimiento, y alargarlo para toda la eternidad, se le concedió la inmortalidad a cambio de que acogiera sobre su persona todas las desgracias posibles.
Por supuesto que nadie le preguntó si quería ser la persona que siempre está peor, simplemente le tocó. 
Y al poco tiempo de que se le hubiera concedido el dudoso honor de ser el más desgraciado, una árbol gigantesco cayó sobre una cabaña de un honrado guardabosques mientras este estaba fuera. El impacto produjo la muerte de uno de sus hijos y su mujer, quedándose con su pequeña hija de dos años, que sobrevivió gracias a que el tronco impactó contra el armario y no llegó a aplastar a la pobre niña.
Y claro está, una desgracia mayor habría de ocurrirle a nuestro Granate, que perdió a cuatro miembros de su familia a causa de un huracán que se los llevó volando, sin más. Cuando un enorme tsunami arrasó una diminuta y tranquila isla del pacífico, todos los miembros restantes de su familia se fueron, desaparecieron sin dejar rastro.
Solo, inmortal, Granate fue condenado a recorrer el mundo, a la espera de las mil desgracias que el destino le guardaba, pero una vez estuvo solo, ya casi ni le importaba. Y como una vez perdida su familia ya no podía ser objetivo del sufrimiento de haberla perdido, se le dotó con una esposa y un hijo, que acabaron por desaparecer cuando un avión se estrelló al aterrizar y murieron todos los pasajeros.
Con la carga de más vidas pesadas sobre el hombro, se le volvió a dotar con una esposa y tres hijos, todos desaparecieron cuando un huracán destrozó una ciudad en el Yucatán.
Y así, sin fin, Granate tuvo mil esposas, el triple de hijos, y los perdió a todos, hasta que se olvidó de su familia original, y cuando se dio cuenta de esto, quiso renunciar a su inmortalidad, pero no podía hacerlo, porque Granate es ese alguien que siempre está peor que tú.

24 nov 2010

De cómo ahondar en explicaciones lógicas.

De una manera u otra, lo había logrado. Y si no hubiera sido por su amigo, no lo habría conseguido. le animó, le empujó, le ayudó, fue como el segundo de a bordo de la empresa que a continuación conseguiría realizar. No se trataba de un simple control, para nada. Conseguir el título de aviador era considerado como un sueño para él, y lo había alcanzado. Sus conversaciones con su amigo le habían liberado en los momentos más arduos de la tarea, del estudio. Cuando salían bloqueaba sus preocupaciones, impidiéndolas ahondar en su mente, débil por nacimiento, o eso consideraban sus padres. No quiere decir esto, que el muchacho fuera tonto, sino que no tenía mucha fuerza mental, y los problemas le ganaban pulsos fácilmente.
No obstante, cualquier cosa que pudiera abstraerlo algo de aquella tarea valía la pena, pensaba su amigo.
Y así fue. Despejaba su mente, se divertía, sin olvidar del todo que parte de su concentración tenía que estar vinculada al examen teórico. El práctico ya sería otra historia, pero estaba seguro de que podría hacerlo.
Aunque siempre había tenido una confianza casi nula en sí mismo, ahora comenzaba  a creerse que podía, así sin más, que podía. El apoyo prestado por su familia, su chica y su mejor amigo significó un empujón moral y la medicina perfecta para que las horas de estudio diurnas y nocturnas no mellaran su voluntad y le animaran a dejarlo, a realizar esa acción tan temida llamada abandono que significaba el fracaso más absoluto, sin ni siquiera llegar a la categoría de intento.
Y llegó con los conceptos claros, con la mente despejada, pero ocupada por un sinfín de posibles respuestas a las temidas preguntas del examen. Fue como cuando le quitaron un diente a los cinco años, con anestesia, ni se enteró. Las respuestas enviadas por el cerebro llegaban rápidamente a su mano, que se deslizaba, danzando en el folio. 
-¡Un nueve, por dios! - exclamó su amigo. 
-Todavía pienso que podría haber logrado más nota.- le contestó.
-Espero que algún día pueda volar en un avión pilotado por ti.
-Y yo.

7 nov 2010

De cómo escribir en cirílico.

-A lo mejor me estoy haciendo un lió - continuó - pero creo que al final ha dicho que fuéramos yendo para allá.
-¡Qué va! - contestó el otro - lo que pasa es que estaba cabreado.
-¿Y eso?
-¡Y yo qué se! - gritó - ya sabes como es él.
-Siempre le tratas como si fuera un tonto.
-¿Acaso no lo es?
-No.
El chico la miró con desprecio, como si fuera una loca que no sabe lo que dice, como si estuviera en un completo error y no quisiera aceptarlo.
Agarró su mochila y comenzó a andar, la chica le siguió:
-¿A dónde vas? - le preguntó.
-A mi casa - respondió el chico, más calmado.
-¿Y qué hacemos con él?
-Por mí como si se va a China.
Y volvió a hacerlo, sus impulsos se adueñaron de ella y le pegó un bofetón, antes de insultarle y marcharse completamente cabreada.
-¡Eres un imbécil! 
-Oh vaya - contestó el chico llevándose una mano al moflete, le dolía, pero no lo iba a aceptar - ahora ponte de su lado, después de que te dejara tirada ayer.
-¡Lo hizo porque su madre estaba enferma!
-Eso es lo que él te dijo.
Y el silencio se adueñó de la escena.
Y de repente desperté. Todavía estaba sentado en aquella silla con ruedas, y no sé por qué me dio un escalofrío tremendo. Ah sí, porque todavía estaba en el jardín. Chuck se había marchado hace dos horas. Miré el reloj. Las cinco y media.
Decidí meterme en casa, intentando recordar por qué el sueño que había tenido me resultaba tan familiar.
Maldita sea. No sé que se ha caído en la cocina pero me he llevado un buen susto. Una cacerola.
después de maldecir a la cacerola decidí acostarme en el sillón, total, para las tres horas que me quedaban para levantarme e ir a trabajar...
Mi primer día de trabajo, después del accidente, que lógicamente ha marcado un antes y un después en mi vida. Será para mí como el nacimiento de Jesucristo para los años.

19 oct 2010

De cómo intentar llegar a la luna. (Parte I)

Y es que ahí esta, completamente redonda.
No tenía  otra cosa que hacer que salirme un rato al jardín de mi casa, tomarme un café, y mirar a las estrellas. Bueno, a las estrellas no, porque el cielo está totalmente negro y lo único que se puede ver es la luna, más grande y blanca de lo normal.
Como refrescaba (que ya era hora de que el maldito frío llegara) tuve la sensatez de coger una manta antes de salir a la intemperie. El barrio estaba en silencio, como debía ser a las tres de la mañana.
Pero el sonido de unos pasitos y un bufido el que me reveló que tenía visita. Cocker, el sharpei de mi vecino, comenzó a acercarse hacia mi bastante deprisa. Le tenía cariño y el me lo tenía a mi. Se subió en mi regazo y se acurrucó. Aún no era demasiado mayor (tenía tres años) ni pesaba demasiado como para que no lo pudiera sostener. Además, dolerme, en mi pierna izquierda, no me iba doler.
Como ya me había figurado, su amo, el viejo Chuck, no andaba muy lejos, y en unos pocos segundos se encontraba atravesando mi jardín hacia nosotros. Chuck era de los pocos a los que le había contado lo de mi accidente, y no es porque no tuviera más remedio (me vio saliendo de casa a recoger el periódico), sino porque con él tengo la suficiente confianza como para contárselo.
Chuck ya llevaba viviendo veinte años en el barrio antes de que yo llegara, hace diez. Vivir treinta años en una misma casa no es poco, o quizá si. Bueno, es que no estoy seguro de cuánto tiempo se necesita vivir en un mismo lugar para poder decir que se ha vivido mucho tiempo allí.
Bueno, el caso es que treinta años llevaba viviendo en su casa Chuck, más que mi edad, que sumaba veintiocho. O sea, que dos años antes de nacer yo, Chuck ya vivía en su casa.
Y me estoy desviando demasiado del tema central, que era la repentina (o no tan repentina) visita de Chuck y  Cocker.
Pero creo que ya he escrito sobre mi historia demasiado tiempo hoy, así que dejaré la historia para el próximo día, si es que aguantáis la espera.

Fdo: Eliott Williams.

17 oct 2010

De cómo dividir dos entre tres.

No se por qué cerré los ojos y apreté los dientes. Quizá me esperaba que las piernas se me abrasaran bajo el ardor del té que acaba de derramarse en mi pierna izquierda.
Ah bueno, no me acordaba que esa era la pierna que tenía insensibilizada de por vida - perdonad si os amargo el día, pero es que mi historia es así - de modo que ninguna quemadura me podría doler.
Y el caso es que hubiera deseado que aquello me doliera, que sintiera la piel ardiendo y hubiera tenido que correr al baño a echarme agua fría, y haber podido observar y sentir la ampolla rozar con el calzoncillo y el pantalón cada vez que me vistiese e hiciera el acto contrario. Pero correr no podía, y tampoco sentir como la ampolla me rozaba. Una mierda en toda regla, sí señor.
Aunque si algo hubiera deseado es que si me hubiera quedado sin pierna fuera por amputación, porque por lo menos no tendría que ver aquella ampolla sin poder sentirla, por lo menos no habría una pierna que tocar y sólo sentir el tacto en la mano.
Ya se que últimamente me estoy volviendo muy asqueroso, pero es que no tengo más remedio, más me vale intentar serlo ahora, que tengo una razón.
Y después de haberme pasado la mañana sin poder llorar de dolor no tuve otra cosa que hacer que ponerme un disco de R.E.M. que lo único que hizo fue deprimirme más, para qué las prisas.
Pero me deprimió porque recordaba cómo bailaba esas canciones, como estas me hacían levantarme y comenzar a moverme al son de la música.
Y lo único que tenía en la estantería era rock clásico: un poco de R.E.M., otro poco de Police, Rolling Stones, U2, Kiss, Deep Purple (de cuando pegaron bien fuerte). Y siempre que mi amigo Houston (de nombre, no de apellido, que todas las personas me lo preguntan) me decía que dónde estaban los Beatles ahí.
-Es que lo americano no me va mucho - dije.
-Ah bueno - sarcasmo en su voz - menos mal que son de Liverpool, que si no...
Todo eso me lo podía decir cuando vivía aquí, en Milwaukee, pero desde que se mudó a California he carecido de consejos musicales. Y sigo sin escuchar mucha cosa americana, no se por qué. Y yo que me consideraba patriota cuando serví un año y medio en el ejército, hasta que la miopía me impidió ir a Pakistán (gracias a dios).
Y sin embargo ya apenas me acuerdo de él, sólo cuando escucho música. Es muy triste, porque fuimos siete años juntos al instituto, y luego la universidad nos separó bruscamente.
De vez en cuando disfruto de algún e-mail suyo, pero todavía no me he atrevido a contestarle que carezco de sentido en la pierna izquierda, que ya no puedo caminar, ni correr, que un gilipollas hizo lo propio en la carretera y el acabó muerto y yo, casi peor.
Es una angustia tremenda el saber que nada en tu vida va a ser igual, que ya no podrás salir a correr por el barrio, que los viajes del trabajo se acabaron, es más, rezo porque el trabajo no se haya acabado. Me gustaría poder volver a la empresa y que nadie me mirara con la cara desencajada, que mi jefe no me hiciera un trato especial, ni ningún otro empleado.
Pero es que esto es así, y se que algún día me tocará recibir mil "lo siento" y otros tantos "es terrible" o algún que otro "no te preocupes que ya lo hago yo" o "¿te ayudo?".
Es un asco terrible, creedme.

3 oct 2010

De cómo hablar a las paredes.

Sin duda alguna puedo decir que ese día fue le más largo de toda mi vida, además de aburrido, soso, insípido, monótono y demás adjetivos que describen el aburrimiento.
La pizza que pedí estaba buena, pero no magnífica, que era como yo me la imaginaba. Esperaba encontrarme la pozza perfecta esperando a que servidor le hincara el diente tras haber estado comiendo papillas y mejunjes en el hospital.
¿He dicho pozza? Oh, perdón, creo que resulta obvio lo que quería decir. 
Bueno, el caso es que aquella PIZZA (ahora sí) no me supo bien, es más, ni siquiera me supo, a lo mejor me había acostumbrado a aquellas papillas y mejunjes.
Tras no haber disfrutado de mi cena y haberme gastado siete dólares en ella, decidí ver la tele, por fin sin tener que meter monedas para hacerlo. 
Cuando me quise dar cuenta de que todavía estaba sentado en aquella incómoda silla con dos ruedas a los lados, y que podía haberme sentado en el sofá, ya eran las doce, y me dio tal pereza la idea de levantar mi cuerpo para moverlo hacia aquel mullido asiento, que no lo hice.
Y más tarde me arrepentiría, créanme.
Y así es como fue mi primer día, que ni siquiera fue un día, sino unas horas, pero que me parecieron en verdad veinticuatro.
Menudo aburrimiento de fin de semana me esperaba, lo único que podía hacer era deprimirme al pensar en que al día siguiente no podría salir a correr por la mañana como me había acostumbrado a hacer.

De cómo engañar a una rana y no morir en el intento.

Dos semanas más tarde, en silla de ruedas claro, salí de aquel antro al que llamaban hospital, donde gente lloraba en los pasillos y el silencio se adueñaba de cada habitación.
Lo primero que hice, claro está, fue ir a mi casa. Un doctor me quiso ayudar "voluntariamente" a llegar a mi casa, y a saber cuánto le pagaban por hacerlo.
Bueno, el caso es que acepté su ayuda, porque todavía no me sentía a gusto en aquella silla y la confianza no había florecido en mi interior lo suficiente como para que me atreviera a empujar mi silla durante treinta minutos.
Al llegar a mi calle le indiqué al agradable doctor qué chalet era el mío, y tras llegar a la puerta, soltó:
-Bueno, piense que ahora podrá aparcar sin problemas.
Al oírle reír me pareció escuchar al mismísimo diablo. Le contesté con cara de malas pulgas y tras unos segundos de silencio le di las gracias a regañadientes y el ahora desagradable doctor se marchó.
-Menudo gilipollas - murmuré mientras abría la puerta.
Olía a cerrado, así que lo primero que hice fue abrir un par de ventanas par que el aire circulara adecuadamente.
Casi se me hacía extraño volver a estar en mi salón, y al ver un libro en la mesa me acordé de que empecé a leerlo justo antes de salir a trabajar, justo antes de que ocurriera Eso.
Prefiero llamarlo Eso, aunque se que esconde la verdad, y ello me convierte en un cobarde que no acepta lo que le ocurrió, pero me siento más a gusto diciendo Eso.
En la nevera había un par de cosas, y aunque no tenía ganas de comer nada, me tomé un yogur. Tuve que tirar varios productos porque habían caducado, así que tendría que hacer la compra en algún momento del día, y eran las siete y media de la tarde, así que no disponía de mucho tiempo.
Pero es que la idea de que todos los vecinos y conocidos que iban al mercado empezaran a preguntarme y preguntarme y compadecerse de mi no me animaba mucho a salir de mi pequeño chalet.
Pero bueno, siempre me han gustado las pizza, y que me las traigan a casa también. Ya no tengo que salir de casa hoy, mira por donde, que desgracia.
Desgracia en todo sarcástico, que conste.

26 sept 2010

De cómo cantas para mí.

Los señores de las batas que se hacían llamar médicos, doctores y demás títulos que de poco les habían servido para tratar mi accidente, no paraban de merodear continuamente por el pasillo.
Mi alta no parecía llegar y de vez en cuando susurraban entre ellos como si lo peor estuviera por llegar. Un señor vestido de negro al que no reconocí hasta llegar a estar a dos metros de la camilla donde descansaba traía un armatoste de papeles y un nerviosismo histérico le acompañaba.
Era mi abogado.
Había venido para indicarme que la familia del conductor del Renault iba a emprender acciones legales contra mí, y eso no era bueno, pero tampoco malo, porque el que había maniobrado mal en aquel dichoso momento no fue otro que el difunto conductor. Vamos, que nada por lo que preocuparme, que además la escena estaba grabada en vídeo por un controlador de tráfico de esos que están instalados en los carteles que hay a lo largo de la carretera.
Mi descanso parecía interminable, pero de algún modo me sentía a gusto en mi blanca bata de aquella blanca habitación.
Y pensando en por qué los hospitales siempre eran de color blanco caí en un sueño intenso peor corto, sin llegar a pesadilla, pero sin ser agradable.

25 sept 2010

De cómo comer chocolate.

25 de enero de 1992.

No sé que es lo que más me intimida de haber tenido un accidente en moto, el hecho de haberme quedado sin movilidad en mi tren inferior, o el hecho de haber visto el fin de mi vida tan de cerca.
Normalmente la gente afirma que todo pasó muy rápido, para mi el momento fue eterno. Lo vi venir a cámara lenta, como ese Renault intentaba hacer un adelantamiento invadiendo el carril contrario, como intentaba frenar, como intenté apartarme, como se intentaron acciones en vano. Salí despedido hacia delante. Fue como volar. El vuelo fue eterno, pude ver mi sombra separarse de mi conforme ascendía, y lo último que vi fue como me acercaba a ella hasta reventarme contra el asfalto.
Pronto llegaron las ambulancias, aunque para mí todo fueron susurros y sirenas. Después me levanté en un lugar completamente blanco. Una camilla me sostenía mientras el dolor de haber despertado de la anestesia se apoderaba de mí. Lo sentía en todo el cuerpo, aunque había una parte en la que no notaba nada. 
Mis piernas.
Cuando llegaron los médicos a explicarme todo, si hubiera tenido una pistola, hubiera matado a cada uno de ellos por no haber podido evitar que me quedara en silla de ruedas, hubiera buscado aquel Renault y le hubiera partido las piernas al dueño con un bate de béisbol hasta que ya no sintiera dolor. Pero aquel dueño había muerto en el accidente, y no me lamentaba de ello para nada. Se lo había buscado, y había conseguido su muerte y que mi rabia se convirtiera en satisfacción, una satisfacción que no me iba a permitir volver a andar.

11 sept 2010

Albahaca - Charles Golden Walrus


PRÓLOGO.
El cuatro de septiembre siempre será recordado en el bosque Robles Grises como un día especial. EL cuatro de septiembre siempre es día de celebración entre los gusanos, porque celebran el aniversario del día en que las águilas y halcones emigraron para no volver jamás. Pero el cuatro de septiembre también se llora por la muerte de Albahaca.
Albahaca era un gusano de seda que conquistó el corazón de la mayoría del bosque, y fue partícipe en la guerra contra las lombrices. Guerra que acabaron ganando los gusanos gracias a las tácticas de Albahaca. Fue una gran guerra de un solo día, que acabó en la muerte de decenas de soldados. 
Todo lo ocurrido en esa guerra se encuentra anotado en el Libro de Seda, que contiene la historia de los gusanos de seda del bosque Robles Grises.
Así que, sin más demora, veamos lo que ocurrió ese cuatro de septiembre.

ALBAHACA.



-Hugo, Arrugas, Monterrubio, Verde y Pereza, acompañadme – dijo Albahaca, orgulloso, tras haber recibido el cargo de comandante capitán del ejército de los gusanos de seda.
Sabía que aquel día era muy importante y que no se podía perder nada de tiempo. Los gusanos de seda no eran mucho más rápidos que las lombrices, y éstas no tardarían en llegar, y cuando lo hicieran, todo debía estar dispuesto en correcto orden y preparado para el lance.
-Comandante Albahaca – dijo Monterrubio – creo que tengo un plan de ataque-defensa que podría servirnos para el día de hoy.
-Continúa – dijo Albahaca, el comandante Albahaca.
-Podríamos pedir a los Gusanos Marrones que nos ayudaran a tender una emboscada a las lombrices. 
-No, los Gusanos Marrones han combatido mucho contra las lombrices y han perdido en todas y cada una de las batallas, no querrán colaborar.
Monterrubio asintió, aceptando que su plan tenía una laguna.
Fue entonces cuando Albahaca se dio cuenta. Cuatro de septiembre – se dijo – primer fin de semana del mes, día de caza de los halcones.
Cada primer fin de semana de cada mes los halcones se daban cita en el claro oeste del bosque para cazar. Normalmente se alimentaban de conejos y zarigüeyas, pero las crías no desaprovechaban la ocasión de cazar lombrices y gusanos, así como pequeños insectos.
Rápidamente, Albahaca urdió el plan mentalmente y selo comunicó a los otros.
-Soldados – dijo seriamente Albahaca – he deliberado toda la semana sobre planes y estrategias, y al fin he dado con la estratagema que nos dará la victoria. Pero antes – se detuvo Albahaca – quiero que me juren que acatarán las órdenes que ahora les voy a comunicar.
Todos asintieron, excepto Pereza, que dudó unos instantes, pero acabó jurando obediencia a su comandante, cosa que ya le debía, así como respeto y admiración.
Albahaca les contó el plan. Dos de ellos, en concreto Albahaca y Monterrubio (éste último se prestó voluntario) servirían de cebo, atraerían la mayor cantidad de lombrices posibles al claro, donde decenas de halcones estarían preparadas para alimentarse, y éstos, al ver a las lombrices y a los dos gusanos, se relamerían y comenzarían a cazar. Albahaca y Monterrubio debían ser raudos a la hora de huir y salvar sus vidas.
Albahaca dio orden a Pereza para que mantuviera al resto del ejército en pleno desconocimiento de la estrategia y que esperaran junto al gran roble dónde la mayor parte de los gusanos de seda vivían.
Así llegó la hora de la batalla. Monterrubio y Albahaca estaban en sus posiciones, y los demás, en las suyas. Las lombrices no tardaron en llegar, y en cuanto vieron a los dos enemigos, sin orden ni concierto, se lanzaron todas a por ellos.
Las lombrices se caracterizaban por su escasa inteligencia, y cómo ya se había mencionado antes, los gusanos eran más rápidos que ellas.
En seguida llegaron al claro donde se apostaban los halcones, dispuestos a zambullirse en la caza. 
Las lombrices, tontas como eran, no se dieron cuenta de que las conducían a una trampa. Ni una sola lombriz de las cincuenta que eran se do cuenta, de modo que al llegar al claro, la sorpresa fue igual para todas ellas.
Los halcones tardaron segundos en darse cuenta de la presencia de aquellos ingenuos visitantes, y en un instante se encaminaron hacia sus presas.
Albahaca y Monterrubio salieron corriendo, seguidos por las lombrices, que, por su corta inteligencia, aún no se habían dado cuenta del gran peligro que les aguardaba.
-¡Monterrubio! – gritó Albahaca - ¡Vete!
-¡Ni hablar señor! – pienso cumplir con mi deber.
-¡Te ordeno que te retires, soldado! – ordenó Albahaca - ¡Soy tu superior! ¡Obedéceme!
Monterrubio dudó un instante, y después se zambulló en los espesos matorrales que circundaban el claro, camino a casa.
Ninguna lombriz se dio cuenta de la escapada de uno de los enemigos. 
Albahaca había decidido que moriría la menor cantidad de gusanos lombrices, y si conseguía o no salvar su vida, el plan ya había funcionado.
Los halcones se cernieron amenazantes sobre las lombrices que comenzaron a desaparecer a pares. 
Albahaca sabía que no podía remediar lo irremediable, y que alguna lombriz escaparía, pero le serviría de lección, porque aunque las lombrices fueran tontas, no repetían el mismo error dos veces.
También sabía Albahaca que lo que iba a suceder era irremediable, el claro era bastante grande, y la fatiga comenzaba a instigarle que parar de correr.
No lo hizo, no paró de correr, pero sabía que no conseguiría llegar al otro lado. Vio cómo las lombrices perecían en las garras de los halcones, y cómo las que podían se metían bajo tierra, con la esperanza de salvar su vida.
Pero un halcón había fijado la vista en un gusano, no en una lombriz, y se lanzó ágilmente hacia nuestro pequeño amigo, que nada pudo hacer por resistirse.

Albahaca no pudo salvar su vida, pero salvó la de todos sus semejantes al evitar una confrontación directa contra las lombrices.



La historia de la batalla la escribió Monterrubio, que no tardó en darse cuenta de lo que pretendía hacer su comandante tras haberle ordenado huir.
Monterrubio se convirtió en comandante tras la muerte de Albahaca y ordenó atacar a los halcones, pero esta vez los gusanos no iban solos. Alces, ciervos, lobos, ardillas, conejos, zarigüeyas, osos y cualquier animal que había conocido a Albahaca lucharon incesantemente durante casi un año, cuando un cuatro de septiembre, los halcones, acompañados de águilas, anunciaron su rendición y juraron no volver nunca más al bosque Robles Grises.
Por esa razón el cuatro de septiembre es motivo de celebración, ya sea la celebración del aniversario de la victoria, como la celebración y homenaje a un comandante que dio su vida para salvar la de los demás. Y es que, antes que un comandante, Albahaca era un amigo, un amigo del bosque.

Charles Golden Walrus.

6 sept 2010

Las ametralladoras no pueden enamorarse.

Erase una ametralladora llamada Fred Junior, nombrada así por su propietario, un tal Fred Jones. 
Fred Junior estaba instalado en lo alto de una torre, desde la cual se podía ver todo el fantástico paisaje. Una gran selva se extendía varios kilómetros alrededor de la fortaleza. Fred sabía bien que él pertenecía al bando británico, y que debía enfrentarse a las resistencias indias que se escondían en la densa selva.
Fred Junior no hacía otra cosa que observar la selva durante el día, alerta a cualquier movimiento, cómo lo estaba también su propietario, Fred Jones. 
Un día cualquiera habría una batalla y Fred Junior pensaba destacar junto a su propietario abatiendo enemigos. 
Así que su trabajo consistía en divisarlos, y acabar con ellos, con los enemigos.
Si su propietario no lo giraba, Fred Junior no llegaba a ver más allá que un poco más de dos de sus tres pies, y, aunque estaba dotado de una visión panorámica, siempre había algún punto ciego que se le resistía.
Fred Junior no era cómo esas ametralladoras automáticas, que podían moverse a su libre albedrío, y disparar cuando quisiera.
Consideraba la relación entre Fred y él cómo beneficio mutuo: él no podía moverse ni disparar sin su ayuda, y su propietario no podía abatir enemigos sin Fred Junior, a pesar de que contaba con una escopeta colgada al hombro, pero según entendía Fred Junior, no era de largo alcance.
Una bonita mañana de marzo, algo se movió entre los matorrales, y de entre ellos apareció una jovencita hindú, bastante guapa, según le pareció a Fred Junior.
Pero Fred Jones no se había fijado en su belleza, sino en las granadas que llevaba en ambas manos.
Lenta y silenciosamente, Fred Jones comenzó a girar a su ametralladora hasta apuntar a la jovencita hindú. Fred Junior intentó no hacerlo, todavía sorprendido y embelesado por la belleza de aquella enemiga. Pero a pesar de todo, sus esfuerzos fueron en vano, y noto cómo las balas estaban listas para salir.
Intentó moverse, gritar, agitarse. Nada. No podía frenar lo irrefrenable.
La jovencita se disponía a tirar de la anilla de una de sus granadas cuando vio a la ametralladora apuntándola. Se quedó quieta como una estatua, llena de miedo.
Y entonces le miró, miró a Fred Junior, pero éste no hizo otra cosa que cerrar sus ojos, de los que lágrimas invisibles caían.
Notó tres balas salir disparadas, pero no tuvo el valor suficiente de abrir los ojos, le valió con oír resoplar a Fred Jones y que éste abandonara el estado de tensión que había tenido.
Y es que las ametralladoras no pueden enamorarse.

Charles.

4 sept 2010

Emily.



Sola. Así se quedo en menos de un minuto. Pero ya le daba igual, se había acostumbrado a que su madrastra llegara tarde a recogerla. Siempre veía cómo los demás se marchaban con sus padres o madres, o por su propia cuenta,  y cómo cada vez se iba quedando más sola, esperando. En diez minutos llegó su madrastra en su coche tan limpio, brillante y feo. Sobre todo feo. Era un horrible Peugeot que se había puesto de moda este invierno.
A la madrastra le importaba más bien poco que su ahijada pasara frío mientras la tenía que esperar bajo un porche para no empaparse con la lluvia.
Emily salió del porche y rápidamente se acercó al coche e intentó abrirlo. Estaba cerrado. Con un gesto de aparente descuido la madrastra le dijo que esperara y le abrió la puerta unos segundos después.
Emily entró, sin importarle lo más mínimo lo que pudiera ensuciar las alfombrillas o mojar el asiento. La mirada de asco que le lanzó su madrastra provocó en Emily una satisfacción enorme, como de trabajo bien hecho.
El odio que se tenían entre se había ido forjando con el paso de los años, cuando una pequeña Emily le destrozó las flores que tanto le gustaban a su madrastra. Se podría decir que ahí empezaron a forjarse el asco y el odio.
Emily estaba acostumbrada ya a toparse con aquella desagradable mujer todos los días, pero parecía que su madrastra todavía no se había acostumbrado a la presencia de su odiable hijastra.
Emily aceptaba que era odiable en algunas ocasiones, porque era desordenada y vaga, pero que algo bueno debía de tener para caer bien a la gente.
Y el desorden y desgana que caracterizaban a Emily chocaban directamente contra la limpieza, orden y sacrificio de su pija madrastra. Porque sobre todo, era pija. Le gustaba vestirse con pieles y ropa de marca, conducir coches modernos y feos, limpiar la casa todos los días y tener un invernadero pequeño en un jardín pequeño, de una pequeña casita de Liverpool.
Emily odiaba aquel invernadero con todas sus ganas, estando a punto de prenderle fuego en una ocasión tras haber discutido con su madrastra que no podía entrar en su cuarto cuando a ella le diera la gana, y colocarlo.
-Me gusta el desorden – dijo Emily en una ocasión.
-Eso no es desorden, es el fin del mundo – le contestó su madrastra, con ese peculiar y pequeño sentido del humor que tanto odiaba Emily.
En realidad odiaba muchísimas cosas de su madrastra. Para empezar, su nombre: Rita. No había cosa que Emily considerara más espantosa que los nombres de gatos, cosa que también odiaba, por una mala experiencia que tuvo de pequeña.
También odiaba su afán por controlarlo todo y su limpieza extrema, además de su coche, sus pieles, su sentido del humor casi inexistente, sus decenas de productos para la piel, así como colonias y demás cremas caras.
Luego no había dinero para poder comprarse una preciosa Fender Telecaster azul mar con toques amarillentos del ochenta y tres, cuyo precio tampoco era una barbaridad para aquella antigualla.


30 ago 2010

El Colgante - Charles Golden Walrus


Allí estaba yo, último en la fila del pan, cuando algo que brilló a la luz del sol llamó mi atención. Me acerqué y me agaché para poder observar el extraño objeto que en el suelo yacía. Era un colgante con forma de mariposa. Lo cogí y lo examiné entre mis dedos unos instantes. Después, deslicé un ala de la mariposa, lo cual abrió el colgante y me permitió observar dos fotos muy antiguas en blanco y negro. En una posaba un hombre joven, con el pelo corto y rizado. Al otro lado, una mujer más joven aún de mofletes regordetes y labios finos incluía en su mirada una chispa de algo, una chispa de amor. Tras concluir que el colgante perteneció a uno de los dos enamorados, lo guardé en mi bolsillo y decidí que más tarde debatiría sobre lo que debía hacer con aquel antiguo objeto.

La puerta chasqueó anunciando mi entrada en el apartamento de Silver Street en el que me estaba alojando para poder continuar mis estudios de arquitectura en esta espléndida ciudad que es San Francisco.
Dejo la bolsa de la compra en la encimera de la cocina y coloco la lechuga y los yogures estratégicamente en la nevera. Me dirijo al viejo sofá de la sala de estar y al dejarme caer en él algo cae de mi bolsillo y repiquetea en el suelo. Sí, el colgante.
Vuelvo a cogerlo, y a mirarlo como si fuera la primera vez y no la segunda. Lo vuelvo a abrir, esperando encontrarme con aquella pareja joven, pero al examinar las fotos, consigo observar en los ojos de la chica dolor y angustia, algo que en la vez anterior no había conseguido descubrir.
Así que vuelvo a cerrar el colgante y cierro el puño a su alrededor, barajando la posibilidad de que aquella muchacha de mofletes regordetes no fuera tan feliz como había pensado.

El despertador comienza a taladrarme el oído a las cinco y media. Hora de emplearse a fondo en el diseño de planos. Dirijo la mano a apagarlo cuando en vez de notar el botón del despertador, noto algo frío con forma de mariposa.
Lo cojo y apago el despertador. Mientras me desperezo comienzo a acariciar el colgante inconscientemente. Abro al nevera y saco el cartón de leche que está a punto de acabarse y una manzana. De la despensa adquiero las galletas y un bollo de chocolate. 
Acostumbro a ver la tele mientras desayuno, pero hoy no me apetece ver las noticias. Engullo el bollo mientras observo el colgante descansar sobre la encimera. Lo cojo y me dispongo a abrirlo, pero no quepo en mí de asombro cuando me es imposible hacerlo. Es como si el metal se hubiera fundido y hubiera quedado unido para siempre. Necesito abrirlo, y lo primero que pasa por mi mente es un láser ¿pero cómo hacerlo sin dañar la foto?
El reloj me avisa con seis campanadas de que debo ponerme en movimiento. Lo primero que hago es ducharme, después preparar las cosas y salgo de casa a eso de las siete menos cuarto, dispuesto a comerme el mundo.

Llego a la puerta de la universidad cuando ya han abierto. Decido esperar fuera un poco y evitar así avalancha de personas en la entrada. Hoy hace fresquito para ser verano, y eso que aquí en California pocas veces se puede decir eso.
Cinco minutos después me encuentro atravesando la gran puerta de entrada. Justo encima de la puerta un cartel que reza en dorado: Mission Bay Tech University.
Las dos primeras horas pasan lentamente, mientras acudo a una charla sobre grandes estructuras que esperaba más interesante. A segunda hora decidí acercarme a la clase del señor McCulloch, que enseña el empleo de materiales en la construcción. Es un gran aficionado a las maquetas, de modo que este curso albergará otra vez unos cuantos trabajos sobre el tema. 
Pero a tercera hora fue cuando pasó. Estaba observando el entrenamiento matutino del equipo de baloncesto, al que no pude ingresar por culpa de un pequeño problema de reflejos con el que me tengo que ver obligado a vivir.
Pues bien, me hallaba yo en aquel lugar cuando me metí la mano en el bolsillo y me encontré de nuevo con aquel objeto. Saqué la mano para comprobarlo. Mis sospechas se reafirmaron en seguida. Pero esta vez, pude ver la rendija que separa una de sus alas. La deslicé y se abrió, pero de nuevo mi asombro hizo presencia cuando dentro de aquel extraño objeto no encontré más que un papel en el que habían escritas tres iniciales: TMC. ¿Qué podría significar? Volví a guardarlo en mi bolsillo y continué observando a los del equipo, pero mi mente no se hallaba con mis ojos, y el colgante y sus extrañas iniciales se agolparon en mi cerebro y lo cautivaron, atrayendo su atención, y la mía, hacia él.

Otra vez, el despertador arañándome el cerebro con su tintineo. Miro el reloj tras apagarlo. Las seis y media. ¿Las seis y media? Me levanto de un salto y corro a la ducha. Queda media hora para que abran la puerta de la universidad y sólo dejan un margen de diez minutos para entrar.
Sin siquiera pensar en por qué el despertador había sonado misteriosamente una hora más tarde, agarro una manzana sin darme cuenta de que está pasada y salgo corriendo de casa. Por suerte pillo el autobús nada más bajar a casa y en veinte minutos estoy frente a la puerta de la universidad. No está abierta. Miro la hora, son y tres. No lo entiendo deberían estar entrando todos en este momento. Giro la cabeza buscando a gente y alcanzo a ver a una persona sentada en un banco no muy lejos de mí. Me acerco. Sé quién es, es Ernie Thomas.
Ernie y yo vamos juntos a clase de ambientación y formamos pareja en gran parte de los trabajos del señor McCulloch.
Me acerco y le pregunto:
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué no han abierto?
-Jason – me dice con una voz como si hubiera pasado algo malo – No va a haber más trabajos del señor McCulloch este año, ni el que viene, ni nunca.
-¿Por qué? – aventuro.
-Porque está muerto.

De repente se me paró el cerebro, la respiración, todo lo que fueran actos involuntarios dejaron de serlo. Tuve que sentarme en el banco y meditar unos segundos sobre lo que había pasado.
-Muer-to – suelto al fin.
-Sí, lo han encontrado en su despacho con marcas de abrasión en las manos y un golpe en la cabeza que le hizo empezar a perder sangre.
Sigo intentando asimilar conceptos a velocidad normal.
-¿Y…ya han descubierto al que fue? – pregunto, temeroso por escuchar la respuesta.
-Ni zorra.
Asiento.
-Pero – comienza Ernie – han encontrado un colgante al lado del cuerpo con forma de mariposa.
De repente caigo en estado de trance. ¿El colgante? Palpo mi bolsillo, pero no está. Caigo en la cuenta de que no lo había visto desde ayer en el entrenamiento del equipo. No, no puede ser el mismo colgante, es imposible.
Me levanto, dispuesto a averiguar qué ha pasado, pero lo primero será entrar en el recinto. Y no sé como lo voy a hacer.


Recorro la valla del recinto que diferencia el estar dentro o fuera.
Ni rastro de policía no ninguna otra persona, pero hay mucha gente en la calle y si intento escalar podrían pensar que mis fines son otros a los que tengo.
Al final encuentro un trozo de valla que está más baja y sin pensarlo un momento salto sobre ella y, trepando, salto al interior.
Parecía que me había salido la jugada perfecta pero el sonido de tela rasgada me avisaba de que una manga del pantalón se había roto. Ya habría otro momento para pensar en ello.
El despacho del señor McCulloch se encontraba en la zona oeste de la universidad. O sea, justo al otro lado.
Me encamino rápidamente hacia allí, sin pensar en nada más. En nada más hasta que sale un policía por la puerta. Por suerte no me ve y continúa andando hasta salir totalmente de la universidad. Le veo coger el coche e irse.
Me acerco a la puerta y la abro lentamente. Me asomo. Dentro está oscuro y no se ve a nadie. Las persianas lucen abiertas a la mitad, escondiendo la realidad tras las paredes de la universidad. Pronto llego al pasillo en el que se encuentra el despacho. Nadie custodia la entrada, así que decido acercarme más aún. Me coloco detrás de una papelera y observo la puerta, está entreabierta. Decido espiar un poco.
Sí, efectivamente McCulloch está muerto, y desde aquí puedo observar las manchas de las manos que indican la abrasión. 
Ahora me queda clara la idea de que no hubiera policía fuera, porque están todos dentro. En concreto son siete, quitando al director Houston y al conserje son cinco policías. 
Entonces lo veo, allí, en la mesa del profesor fallecido. Está metido en una bolsita de esas que se usan para guardar las pruebas de los homicidios. No cabe duda, si le colgante está en sus manos, también lo están mis huellas, lo que me convertirá en el principal sospechoso y la causa de la muerte del profesor caerá sobre mí. Debo recuperarlo. 
Justo entonces alcanzo a oír al director que necesita salir a tomar el aire, que se está mareando con el olor a cadáver. El policía jefe dice que le acompañan, que quizá también corra  peligro su vida. Me da tiempo justo para apartarme antes de que se abra la puerta y comiencen a salir todas las personas, dejando al profesor y todas las pruebas, junto con el colgante, dentro y sin vigilancia. En cuanto doblan la esquina me apresuro a entrar y a coger la bolsa. Es cierto que el olor es insoportable, pero el hecho de que McCulloch sea el fallecido me ablanda y no puedo evitar mirarle y observar las marcas y el golpe de la cabeza. Quién haya sido le dio un buen golpe. Salgo del despacho. Ahora solo queda la incógnita de cómo salir.

Debo darme prisa, pues desconozco el tiempo que pueden tardar en volver. Con una prueba incriminatoria en mano no sólo puedo hacer una cosa, algo que me convierte en un delincuente, huir.
No tardo en llegar a la puerta lateral, pero no encuentro la manera de poder salir sin ser visto.
Al final me aventuro a entreabrir la puerta y otear la calle. Esta es la única puerta que da directamente a la calle, con lo cual decido que es la mejor forma de poder salir. Lo hago y me incorporo al tráfico habitual de la calle. No lo dudo un momento y decido volver a casa y descansar un poco. Las cinco horas que había dormido me han pasado factura y más con la tensión de lo ocurrido. Lo más seguro es que salga en las noticias esta noche, así que cualquier indicio podría indicarme la forma en que el colgante llegó al despacho de McCulloch.


A las ocho y media en punto comienzan las noticias. Me doy cuenta de que el telediario no me ayudar cuando pasan a los deportes y después, al tiempo. Por lo menos sé que mañana va a llover. Lo tomaré como luto a McCulloch.
A las doce y pico decido que es tarde y supongo que mañana abrirán la universidad, así que necesito quitarme cansancio acumulado. 
No puedo dormir.
Abro el segundo cajón (de los tres) que hay en la  mesilla. Saco un libro que llevo a la mitad, y que no consigo avanzar porque es muy “pastoso”: El viaje del elefante, de José Saramago.
No consigo avanzar ni tres páginas. No puedo dejar de pensar en lo sucedido.
Decido apagar la luz de nuevo. Nada, me encuentro condenado al insomnio.
Al fin me duermo, a las cuatro y media. Decido que mañana me tomaré le día libre y no iré a la universidad, a pesar de prometerle a mi madre que no faltaría ningún día. Bueno, para eso están las promesas, para romperlas.
Me despierto a las diez y media. Tarde, muy tarde. Decido quedarme en casa todo el día.
Un día aburrido en mi vida: Veo la tele, como galletas, avanzo siete páginas en el libro, estudio una hora, duermo, veo más tele, mando unos e-mails, vuelvo a dormir. Me entero en la página web de la universidad de que va a estar cerrada una semana. No especifican motivos, aunque yo los sé, y Ernie también, y a saber cuántos más.
Cuando me levanto el sol lleva luciendo un buen rato
Me despejo, me ducho, desayuno, me visto, y salgo a la calle a pasear. 
El “Grande Park” del este se convierte en mi destino hasta que veo algo pegado a un poste que me resulta familiar. Es una foto, una foto de Ernie. Es un cartel. Tengo miedo de leerlo. Mi miedo se confirma. Ernie lleva desparecido desde anteayer por la tarde.
Entonces cambia mi destino y mi “GPS” interno me dice que vaya a la comisaría a preguntar por mi amigo.
Llego a la comisaría y entro. Nunca había entrado.
Hay un mostrador a la derecha en la que se colocan tras él dos señoritas, ambas atendiendo al teléfono. Entro en un pasillo gris y veo varias puertas, en una pone “Jean Richards – Jefe de policía” y en la otra “Almacén”. 
Continúa y llego a una habitación en la que hay una mesa desordenada y dos puertas. La primera, en un extremo de la sala indica que sólo el personal autorizado puede entrar, y la otra, justo en el otro extremo, lleva a los calabozos. Decido echar una ojeada. Hay cuatro calabozos, uno más grande y tres más pequeños. No hay nadie dentro.
Vuelvo a salir y me encuentro de frente con el tal Jean Richards, según indica su placa.
-¿Puedo ayudarte chaval? – me dice con una voz que denota una constante actividad y mucho cansancio.
-No – empiezo – bueno, sí…
-¿Es por el chaval desaparecido? -  me corta.
Buena intuición.
-Sí – confirmo.
El jefe no dice y anda. Me doy cuenta de que espera una explicación, de modo que lo hago:
-Es amigo mío.
El jefe asiente.
-Quería informarme – intento limar asperezas, dándome cuenta de que esta conversación es incómoda para mí e irrelevante para él – verá – continúo – es que le vi el mismo día de la desaparición.
De repente, al jefe le cambia la cara. La conversación ya no es tan irrelevante.
-¿Hora? ¿Lugar? – me interroga.
- Pues…
-Espera – me corta – sentémonos en mi despacho, será más cómodo y podré anotar tus respuestas.
-¿A-notarlas? – pregunto nervioso.
-Sí. No te preocupes, sólo se usarán para arrojar luz a la investigación.
Entramos en su despacho. Es marrón, muy marrón.
-Siéntate – me dice.
Y le obedezco.
El jefe se aclara la garganta y comienza:
-¿De qué conoces al chico?
-Vamos a la misma universidad y coincidimos en algunas clases y proyectos. Me llevaba bien con él. – digo sin darme cuenta de que acabo de encender fuego.
-¿Te llevabas?
-O sea, me llevo – intento apagar el fuego.
El jefe me mira hasta decir: 
-Cuéntame lo de anteayer.
-Pues verá – cojo aire – iba a la universidad, cuando me encontré con él en la puerta. Me dijo que no había clase porque habían cerrado. 
-¿Y sabes por qué al cerraron? – me pregunta.
-No – miento.
No me interesa que el jefe tenga noción de que conozco lo ocurrido, sobre todo después de la desaparición del colgante. 
El colgante. De repente pienso en él. Me llevo la mano al bolsillo y de repente palidezco.
-¿Te ocurre algo? – me pregunta el jefe viendo que algo me pasa.
-No – contesto intentando parecer sereno.
Tengo que salir de aquí cuanto antes, no puedo arriesgarme a que el jefe se entere de que el colgante desaparecido, una prueba de un crimen, está en mi bolsillo.
-Tengo que irme – improviso – debo hacer tareas.
-De acuerdo – me dice el jefe, tendiéndome la mano para despedirse.
Y entonces, sin darme cuenta, saco la mía del bolsillo para estrechársela. El ruido de metálico en el suelo me alerta. Me agacho rápidamente y recojo el colgante, antes de salir apresuradamente de la comisaría. 
Observo por el rabillo del ojo que el jefe no me sigue, pero algo sospecha, su cara lo delata.

Llego a casa prácticamente sofocado. Hace mucho calor en la calle, y más en el apartamento, que no está ventilado. Maldigo en voz baja sobre el hombre del tiempo que ayer avisó de lluvia todo el día. 
Abro las ventanas del salón y subo las persianas, quedando a la luz el desorden y la suciedad. Al final va a ser verdad y voy a tener tareas que hacer. 
Comienzo por recoger el salón y la cocina, para después darle un repaso con la aspiradora y la fregona.
El cuarto… ¡Uf! El cuarto es otra cosa. Parece un estercolero. El sentido común me dice que debo recoger antes de que el montón de ropa sucia, papel y restos de comida formen una nueva enfermedad venérea. Y eso que he estado un día sin salir, si hubiera sido una semana habría tenido que llamar a los bomberos para poder salir del apartamento.
Pero la pereza vence al sentido común y acabo en el sofá viendo una comedia romántica que resulta ser una basura como al copa de un abedul.
Quiero salir de aquí, pero algo me dice que no debo hacerlo. Y entonces recuerdo el por qué estoy aquí. Lo saco de mi bolsillo. No quiero hacerlo, pero lo abro. Y esta vez no encuentro ni fotos, ni un papel con las iniciales TMC, sino otro papel, con las letras EJT.
Ya ni siquiera me asombra. Pienso en tirar el colgante, pero la policía lo estará buscando y lleva mis huellas. Finalmente me resigno y lo guardo en un cajón del mueble del salón.
Me apetece poner música. Examino mi abultada colección. A ver, Muse, Red Hot Chili Peppers, Jamie T, Beatles, Simon & Garfunkel, Green Day, Sex Pistols, más Red Hot, más Beatles, Rolling Stones, Clásicos. Ahí me paro y cojo el disco. Observo el “tracklist”. Me decido y lo pongo en el equipo de música. No lo lee, mi gozo en un pozo. Maldigo en voz alta. Se me han quitado las ganas de escuchar música. Me siento en el sofá y examino las posibilidades de entretenimiento de las que dispongo. Acabo haciendo un puzle de los Beatles de mil piezas que tenía guardado. Avanzo bastante hasta que me desespero con una serie fichas que son del mismo color. 
Dejo el puzle a un lado y comienzo a pensar en la escena de la comisaría. A lo mejor el jefe no se ha dado cuenta. A lo mejor sí. De ser así, estoy bastante jodido.
Paso el resto del día sentado en el ordenador, divagando en internet. Destaco un artículo que he leído en una página web que no me acuerdo cómo se llama y un juego de póker online en el que salgo desplumado. 
Por la noche se me quema el pollo asado, así que acabo comiendo fiambre y un yogur.
Leo, me acuesto. Me despierto gracias a un mosquito trompetero al que le ha dado por picarme varias veces en mi pierna derecha. Doy con él y le ducho con el bote de “Raid” que tenía guardado en la cocina.
No vuelvo a despertarme hasta el día siguiente. Hoy sí que pienso salir, porque como siga un día más aquí dentro me voy a morir. 
Salgo a hacer la compra. 
En el supermercado de la esquina tienen de todo, pero no barato. Igualmente voy. 
Cuando estoy pagando lo que eh comprado oigo a una señora cuchichear con otra algo que no me gusta nada:
-Sí, le han encontrado muerto al lado de la autopista del sur – dice una.
-Es una pena – dice la otra – decían que era un alumno brillante.
-Sí, decían que Ernie era un gran estudiante.
No me jodas, pienso. Pago rápidamente y salgo de allí disparado hacia la comisaría, con compra incluida, aunque el jefe sospeche algo.
Llego y le encuentro en su despacho. Me invita a entrar y a sentarme. Me da la mala noticia. Hago como si no lo supiera y debo de hacerlo bien porque no parece que el jefe se haya enterado.
-¿Y saben algo? – pregunto.
-Ernie tenía quemaduras en las manos y en el cuello.
-¿Algo más? – insisto.
-Si -  me contesta mientras abre un cajón y saca un objeto pequeño.
Lo deja delante de mí mientras me mira severamente. Entonces lo observo mejor. Tiene forma de mariposa y una cadena lo rodea.
-¿Te suena? – dice el jefe – porque a mí sí.
Balbuceo palabras ininteligibles hasta que acierto a decir:
-Yo…no he sido.
-Lo sé – me contesta rápidamente.
Suspiro, asombrado.
-Mira chico -  me dice – se de buena tinta que eráis buenos amigos, pero todavía estoy intentando adivinar que hacía el colgante, prueba importante en la muerte de Todd McCulloch, en tu bolsillo, y por qué lo tenías.
No se me ocurre qué contestar, no tengo defensa. Podría contarle que el colgante aparece y desaparece a veces, y que en su interior primero había fotos, luego nada, y luego papeles con letras que no significaban nada. No, no me creería.
-Estuve ayer en casa todo el día – intento defenderme.
-Lo sé -  me dice – mandé a un policía seguirte. Pero la cuestión es – continúa – que si no te paraste en el camino a tu casa y no saliste de allí, ni nadie te visitó ni contactaste con nadie…Cómo coño ha llegado el maldito colgante hasta el lugar donde Ernie había muerto. 
No contesto.
-Puedes irte – me dice finalmente.
Asiento y me levanto. Voy a salir del despacho cuando me dice:
-Espera.
Me giro, nervioso, pensando que el jefe ha cambiado de opinión y me cree culpable.
-Te has dejado la compra – me dice, tendiéndome hacia mí las bolsas.
-Gracias – contesto.
Y me voy de allí, pensando en lo que el jefe ha dicho, pensando en cómo ha llegado el colgante hasta allí, teniendo en cuenta que hasta la autopista del sur hay unos cinco kilómetros. Ahora el colgante, el dichoso colgante, mejor dicho, maldito, tal y como el jefe lo ha nombrado, está en comisaría supongo que guardado por el jefe. En cierta manera me alegro de que no tenerlo, porque empezaba a ponerme los pelos de punta.
Entonces, fue entonces, cuando bolsa se rompió, cayendo al suelo todo lo que había comprado, por suerte, todo envasado. Todo no. Un objeto dorado con forma de mariposa reluce entre la lata de tomate y una botella de gaseosa.
Mierda. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? 
Por un momento valoro la opción de dejarlo ahí, en el suelo, pero después lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.
Meto lo que puedo en la otra bolsa, que es todo. La bolsa pesa, pero me queda poco para llegar a casa. 
Nada más llegar dejo las cosas en el suelo y me miro la mano, que está roja y marcada por la bolsa. 
Ahora tengo que pensar qué hacer con el colgante. El maldito colgante. Barajo las posibilidades. Llevárselo al jefe sería un acto de buena voluntad a sus ojos, pero podría sospechar que me lo he llevado. Tirarlo, no, volvería otra vez a mí, como siempre. Decido llevárselo al jefe, y cuanto antes mejor. Pero antes la curiosidad me pica y observo el colgante. Lo abro. Lo sabía. Un papel morado con letras escritas: JJR. Vuelvo a no darle importancia, y salgo de casa. El paseo se hace rápido y llego a la comisaría antes de lo que había supuesto. Entro. Las mujeres del mostrador no están. Avanzo en el pasillo hasta que observo el gran barullo que hay en el despacho del jefe. Las chicas y tres policías están alrededor de un hombre muerto. ¡Un hombre muerto! Pero no es un hombre cualquiera, va vestido de azul. Sí, es el jefe. La gente me mira y un policía me pide amablemente que me vaya y que no le cuente a nadie lo que he visto. Le digo también amablemente, que si me marchaba ahora, como era muy intranquilo, acabaría contándolo. Mi mentira convence al policía que me dice que me puedo quedar, pero calladito. Noto enfado en su voz, cosa que no me importa en absoluto. Avanzo, entrando en el despacho, hasta que algo hace que me pare en seco. Observo que el cadáver tiene quemaduras en las manos, los brazos y el cuello. Y un gran golpe en la cabeza, que había derramado sangre por todo el suelo, y parecía ser la causa de la muerte del jefe. De repente, palidezco. En la mesa, entre un bote de lapiceros y bolígrafos y la grapadora, está el colgante. El maldito colgante.
Trago saliva, una y otra vez. A ver ahora como hago para coger el colgante.
En seguida llega la ambulancia y se llevan el cadáver. El policía que me había dejado entrar se queda a solas conmigo en el despacho y me pregunta:
-¿A qué venías?
Me quedo un momento en blanco, intentando recordar y encajar las piezas. Al final se me ocurre algo.
-Pues venía a pedirle ese colgante al jefe, porque antes había pasado por aquí, se lo había enseñado y me lo había dejado aquí.
El policía parece dudar de mi mentira, que por cierto las estoy soltando a mansalva. Al final me dice:
-Está bien, puedes llevártelo.
Lo cojo y salgo del despacho, no sin antes despedirme del policía, lo que me permite mirar su placa. Arnold Jeremy Bentham. 
Durante el camino a casa, que también lo he recorrido bastantes veces estos días, voy pensando en lo tonto e inexperto que era ese policía, porque mira que no sospechar para nada de un niñato de diecinueve años que llega y se lleva una prueba del crimen…
Algo me hace parar en seco y romper el hilo de mi pensamiento. Delante de mí hay una tienda de juguetes, pero no me interesan los juguetes, sino lo que veo reflejado en el cristal del escaparate. Es el policía. Va vestido de transeúnte y va acompañado de una persona más. Otro policía supongo.
Sin dejar notar mi nerviosismo, comienzo a andar a velocidad normal, pero en cuanto giro la esquina, mis pasos se convierten en zancadas. Vigilo mi espalda, y en cuanto veo que giran la esquina bajo el ritmo de mis pasos hasta llegar a mi velocidad normal. 
Repito el mismo proceso en cada esquina de camino a casa. Me faltan dos calles cuando choco en una esquina con un hombre fornido. Le miro a la cara: el policía. Intento darme la vuelta y escabullirme, pero el acompañante me acorrala. 
Intento parecer sereno:
-¿Algún problema policía? – pregunto.
El policía se ríe y me enseña su placa.
-Esto es falso chaval – me dice mientras la aplasta en su gran mano.
Trago saliva. Así que el policía no es policía.
Entonces habla el acompañante, igual de fornido que el falso policía:
-Creo que tienes algo que nos interesa.
Lógicamente, hablan del colgante.
-¿Perdón? – digo, intentando parecer inocente.
-Que nos des el colgante – traduce el otro.
-No sé de qué habláis – contesto. 
Un puñetazo en el estómago hace que me doble me dos, perdiendo el aire.
-Aquí no imbécil – dice el falso policía.
Me cogen en volandas sin que pueda defenderme y me llevan a un callejón.
Me registran  de arriba abajo, pero no encuentran lo que buscan. Están tan asombrados como yo.
Oigo a uno maldecir y al otro que sería mejor revisar las papeleras del camino. Antes de marcharse, una patada me parte el tabique nasal. Comienzo a sangrar mientras les veo alejarse.
Intentando no perder el conocimiento, me arrastro hasta coger un pañuelo que me habían sacado del bolsillo al registrarme. Me lo aplico a la nariz y me incorporo, echando la cabeza hacia atrás. Será mejor que vaya a ver a un médico.

-Ya está – me dice la doctora cuando termina de ponerme una tirita en la nariz.
Me incorporo en la camilla y me pongo de pie, dispuesto a marcharme.
-Espera – me dice la doctora - ¿Cómo te lo has hecho?
-Me he caigo – miento. (Otra vez más)
-Pues a juzgar por cómo te cuesta respirar, deduzco que ha habido un golpe en la barriga.
-Ha sido en las escaleras – continúo la falsa historia.
-¿Y cómo es que no tienes ningún traumatismo más?
-No lo sé.
-Mira – me dice cogiéndome la mano – si fuera tú demandaría al agresor.
-Han sido dos  - dejo de mentir, pero no por eso me quedo más aliviado.
-Yo ya te he dicho lo que haría – me dice – ahora te toca a ti actuar.
Su dulce voz me encandila por lo que no me entero de lo último que me ha dicho.
Asiento, le doy las gracias y me voy. 
El hedor de mi nariz es insoportable, así que respiraré por la boca para evitarlo.
Justo cuando voy a salir del ambulatorio sale la doctora detrás gritándome:
-Te has dejado algo.
A ver si lo adivino.
Me da un colgante con forma de mariposa y se despide. 
No sé por qué, pero abro el colgante. Un papel con iniciales otra vez, pero con sólo dos: JE.
De nuevo no sé lo que significa, pero antes de que desaparezca otra vez decido colgármelo al cuello, escondiéndolo bajo la camiseta.
Hoy si hace bueno. No hace calor, pero la temperatura es perfecta. Es esa temperatura que ronda los veinte grados.
Llego a casa cuando ya es tarde. Decido hacerme lo que mi madre llamaba una “meriendacena”. Abro la nevera y saco el fiambre. 
Estoy cortando el queso cuando, de repente, comienzo a notar que algo me quema en el cuello. No le doy importancia hasta que la piel se me comienza a abrasar bajo algo metálico. Mierda, es el colgante. Dejo el cuchillo de mala manera en la encimera, con medio filo hacia fuera de ésta.
Me quito el colgante rápidamente, pero las manos comienzan también a arderme. Lo suelto y cae al suelo. Comienzo a perder el conocimiento y el equilibrio. Tropiezo y comienzo a caer… directamente contra el cuchillo. Consigo hacer un último movimiento antes de caer del todo, impidiendo que el cuchillo se me incruste en el pecho, haciéndolo en un brazo.
El dolor me despierta al rato y veo como la sangre se extiende alrededor de mi brazo izquierdo. Me levanto como puedo e intento alcanzar un trapo de la encimera. Dudo entre sacarme el cuchillo o no. Al final intento sacármelo. Mala idea. La sangre comienza a salir de mi antebrazo sin control, y las ampollas de las manos me hacen soltar el cuchillo, que está a punto de caerme en una pierna. Me ato el trapo como puedo con una mano mientras los ojos me lloran por el dolor de las ampollas. Cuando por fin consigo levantarme abro el grifo y expongo las malheridas manos al agua fría. El alivio es tremendo, pero ahora tengo que pensar en curarme lo del brazo.
Entonces lo veo. Enfrente mía, tumbado en el suelo. El maldito colgante. ¿Cómo ha podido causarme las quemaduras? Me detengo en seco, todo mi cuerpo se detiene en seco.
Ahora lo entiendo. JE. Jason Edwards. Mi nombre. Intento recordar los demás tríos de letras.
El primero, TMC. Todd McCulloch. El siguiente fue EJT: Ernie James Thomas. El siguiente a Ernie fue Jean Jason Richards: JJR. Mierda, comienzo a darme cuenta de lo que está ocurriendo. Ese colgante es una máquina de matar. Pero a conmigo no le ha salido la jugada. 
Comienzo a pensar en las muerte de los demás. El señor McCulloch debió de haberse mareado, pues era muy mayor, después se cayó y se golpeó el cráneo contra la esquina de la mesa. 
Ernie también presentaba marcas de quemaduras. Estaba en la autopista, se quemó, perdió el equilibrio y se abalanzó hacia el centro de la carretera. Un coche lo atropelló y el conductor se deshizo del cadáver echándolo a un lado de la carretera.
EL jefe también sufrió quemaduras, perdió el conocimiento y se cayó hacia delante, golpeándose la cabeza contra ese bote de lapiceros a los que sacaba mucha punta todos los días.
Y yo. A saber qué hubiera sido de mí si no hubiera esquivado el cuchillo. Estaría muerto.

Me siento en una silla intentando asimilar todo lo ocurrido. Pienso en tirar el colgante, pero eso no me garantizaría que hubiera más víctimas. Joder, es un simple colgante. Es un simple colgante asesino.
Me acuerdo entonces de la pistola que tengo guardada bajo la mesilla de la cama. Voy a por ella, pero cuando vuelvo el colgante no está en el suelo. Giro sobre mí mismo, buscándolo. Ahí está. Joder, se está moviendo, ¡Está reptando hacia la ventana!
Sin pensármelo dos veces lo apunto y le disparo, reventándolo en mil pedazos. Creo oír una especie de grito ahogado cuando el colgante desaparece. Me dejo caer en la silla. Me siento mal, como si hubiera matado a una persona. 
Esta noche duermo tranquilo, por fin, tras noches de inquietudes y desvelos.
Me levanto al día siguiente y realizo mi rutina normal. Toca bajar a por pan. 
Ahí estoy, penúltimo en la cola del pan, cuando algo que veo hace que se me hiele la sangre. Algo en el suelo brilla. No, no puede ser, no puede ser.
Hago de tripas corazón y me acerco lentamente.
Alivio. Eso es lo que siento al ver una moneda en el suelo. 
La cojo. Con esto pagaré el pan. Vuelvo a la cola, y allí me pierdo en  mis pensamientos hasta que mi turno llega. Entonces veo un periódico en el que sale de titular una foto con dos personas que me son familiares. Ah sí. Con el falso policía y el rudo acompañante. No lo dudo y me compro el periódico, sediento de información.

En casa leo con detenimiento todo acerca de esos dos hombres. Eran unos ladrones que llevaban en la lista negra de California quince años. 
Resulta que me habían confundido con un chico (que en la foto que presentaba el periódico es clavadito a mí, casualidades de la vida) que poseía una cinta de vídeo en el que se veía a los ladrones atracando un banco al norte de Oakland. El chico decía que llevaba la cinta encima siempre, de ahí que pensaran que yo la tenía.
La verdad es que ese chico y yo nos parecemos bastante, es más, hasta mi madre podría confundirnos. Entonces comienza a sonar mi móvil. Mi madre.
Previendo lo que va a ocurrir, me preparo y lo cojo y ella empieza a soltar preguntas sin avisar. Sólo puedo contestar:
-No mamá, no era yo, sino un chico que se parece bastante a mí.


Charles Golden Walrus