15 nov 2010

De cómo nunca se puede ser el más guay.

Sin duda alguna, aquella melodía le inspiraba y mucho.
Cogió el boli, presuroso de realizar un resumen digno de la materia que tenía que repasar. Pero nada, todas las ideas, amontonadas en su cabeza, se negaban a salir, expandiéndose y contrayéndose constantemente como un acordeón. Con algo de decepción, se abalanzó sobre el libro de física, dispuesto a leer. Pero no podía, cada vez que avanzaba seis líneas, caía en la cuenta de que, ensimismado, perdido en sus pensamientos, no había conseguido retener idea alguna sobre el tema a estudiar.
No era capaz de meterse una sola idea en su cabeza, porque se hallaba completamente ocupada por pensamientos sobre ella. Hoy, que era viernes, no había podido verla, y sólo los viernes le permitían verla. La luz del flexo color morado, que tanto aborrecía por el hecho de haber vivido junto a él cinco años, deseando que se estropeara o se fundiera, y que la bombilla siguiera dando la misma luz turbia y sucia de siempre. Pero no tenía más remedio que encender el flexo, pues el cielo estaba gris, y la luz natural que entraba por la ventana era escasa y totalmente insuficiente para permitirle no dañarse la vista al estudiar. Pero no se iba a engañar, no estaba estudiando, perdido en pensamientos, ardiendo por dentro de la tremenda fuerza que tenía que realizar para no salir por la puerta y correr, correr a las escaleras donde cada viernes se daban cita.
Y por algún extraño vaivén del destino, el flexo comenzó a apagarse, lentamente, tras oírse un pequeño sonido. Y mientras el flexo agonizaba y amenazaba con apagarse del todo, no lo meditó lo más mínimo, agarró su chaqueta gris, tan gris como lo era aquel viernes, se puso tan aprisa como pudo sus adidas azules. Y salió pitando.
Eran ya las ocho, y mientras avanzaba metros y metros rápidamente, comenzó a asaltarle la idea de que quizá ella no estuviera allí, es más, no estaba seguro de que ella estuviera allí, por el simple hecho de que ese día no habían quedado y hacía frío.
Poco a poco se fue frenando, desmotivado, impotente. Y al cabo de unos instantes se encontraba andando lentamente por las calles. Ya veía el Palacio Real desde lejos, pero no tenía gana alguna de acercarse allí. Aún así, lo hizo. Y justo cuando se hallaba a punto de llegar, comenzó a llover, primero muy despacio. Era una lluvia que no molestaba lo más mínimo, además, a él le gustaba la lluvia, como a ella.
Y llegó al Palacio, a los escalones, donde no había nadie, y fue entonces cuando se dejó caer sobre estos, abatido. No sabía por qué, pero había tenido algo de confianza en que ella pudiera estar allí.
Su teléfono sonó, con esa canción que tanto le gustaba, In The Guetto, de Elvis. Era ella, su chica, la única voz que en ese momento quería oír. Contestó con un alegre "Hola", que le fue correspondido, con un beso en la mejilla.

14 nov 2010

De cómo morirse sin querer, queriendo.

El suelo estaba helado, pero ella  igualmente se sentó, y para evitar que el viento la despeinase continuamente, se puso ese gorro de lana que su chico le había regalado. Y allí, mirando hacia el Palacio Real, pensaba continuamente en él. Quería estar a su lado, poder sentir sus caricias y abrazarle, hasta que se acabase el mundo. A lo lejos se oía In The Guetto, de Elvis, tocado por cualquier músico ambulante, de esos que ponen la funda de la guitarra en el suelo para que les dejen algo de dinero.
Pero la realidad era que estaba sola, en unos escalones, en un día gris, chispeando, y con un viento helado que la animaba a irse de allí. No se iba a ir. Cuando estaba con él, con su chico, todos los viernes, fueran grises o azules, se sentaban en aquellas escaleras y de allí no se movían en toda la tarde, no se separaban ni un instante. Y un viernes tras otro, pasaron dos meses, en los que cada viernes, ya de forma sistemática se encontraban en los escalones. Pero hoy estaba sola. Su chico ya la había avisado de que ese viernes no podría ir a causa de un examen que le tenía muy ocupado desde hacía tiempo. Y es que selectividad para él no era un examen cualquiera.
Y aun sabiendo que estaría sola, volvió a aquellas escaleras, porque ahora, un viernes sin esas escaleras, para ella no era un viernes.

10 nov 2010

De cómo volar sin despegar los pies del suelo.

Normalmente no suelo escribir parrafadas, no me gusta, me parece que resulto pesado. Pero últimamente me obligo a hacerlo, tengo que escribir mucho, practicar, llegar a cuarenta líneas, o más.
Pero para hacerlo tiro mucho de puntos aparte, y no me gusta. Pero rellenan espacio, eso sí. Pensar en escribir algo es muy fácil, pero luego plasmarlo y que te de para unos párrafos frondosos, hay diferencia. Eso creo yo. En el momento en que vas a revisar lo que has escrito, convencido de qué llevas un considerable número de líneas, y descubres que es muy poco, te desanimas. Pero si has escrito bastante, y parece bastante, puedes colocarte en la silla lleno de ganas la próxima vez.
Y la mayoría de proyectos (yo llamo así a las cosas que escribo y quiero continuar hasta terminarlas) se quedan ancladas en unos días, en unas pocas páginas. Un asco, vamos.
El aparatejo que uso para escribir posee una pantalla de diez pulgadas, lo que hace que las cosas se vean más pequeñas, de modo que suelo pensar que escribo poco a menudo. Luego, me cambio a un ordenador más grande, y pienso que escribo demasiado. Me hago un lío, pero ya lo dice el dicho (esta frase siempre me ha parecido muy redundante, "dice" y "dicho"), "lo bueno, si es breve, dos veces bueno".
Si tuviera la calidad suficiente como para escribir cuentos, cada día terminaría uno, a lo Rudyard Kipling y sus cuentos de "así-fue-como". Y en definitiva aún no sé si fiarme de mi calidad al escribir, porque no la encuentro por ningún lado. Mientras escribo, me creo la persona más guay del universo. Después de algunos días reviso lo que escribo y me aburro a mí mismo.
Y seguramente cuando lea esto dentro de unos días, pensaré que me lo creo demasiado al escribir, y que soy un pedorro.
Lo soy.
Y cambiando de tema, no sé por qué llevo unos días escuchando sólo música en español, ni idea.
Y volviendo al tema. Espero no resultar un pedorro escribiendo.
Ah bueno, y he descubierto que los comentarios de texto no se me dan tan bien como creía, menuda mierda.


8 nov 2010

De cómo las aceras se tiñen de otoño.

Y hoy, por fin, hoy, las hojas se dignaron a caer, se dignaron a ensuciarse bajo las pisadas de la gente desconocida. Se dignaron a posar en fotos improvisadas de los más avispados. Se dignaron a dejarse llevar por el viento, a volar unos metros para después caer.

Y aunque el frío y su sentido común le decían que se acurrucara en el sofá, con una taza de leche caliente entre las manos, a ver una película, él lo que quería era salir a toda costa, fuese cual fuese el sitio, le daba igual.
Quería salir a la calle, aspirar el aire húmedo, coger el autobús y perderse por el centro, por el silencio que reina cuando el frío se hace presente.
Y le daba igual que el aire le estropease el peinado, que le abriese el flequillo, que le golpeara en la cara. Cogió sus guantes nuevos y su gorro negro, su mp3, sus cascos, una mochila sin nada dentro y salió cantando de casa. 
Le dio lo mismo que el autobús acabara de irse y que la noche estuviera cayendo, que hoy por nada del mundo se le iba a quitar esa estúpida sonrisa de la cara que sólo él entendía por qué la llevaba.

Lo primero que hizo fue acercarse a la biblioteca, a ver si ese libro que tanto deseaba ver en las estanterías se encontraba allí, esperándole. De nuevo no encontró nada, pero para consolarse, Kafka y Kipling le acompañarían por su viaje al centro. Le apasionaban los escritores cuyos apellidos empezaban por K. Y le daba igual que la gente pensara que era un a tontería, que a los escritores se les juzga por lo que escriben, no por la grandeza de su apellido.
De camino a su destino se acercó a un chino y compró esa tableta de chocolate que tanto el gustaba, cogiendo el tercer paquete, siempre el tercero, ni el primero de todos ni el segundo. Una obsesión que nunca había contado a nadie.
Antes de detenerse a leer a Kipling, miró al cielo, le gustaba ver cómo caía la lluvia sobre su cara, aunque le diera en el ojo y tuviera que cerrarlo.
Y aunque estuviera solo, no le importaba.
El viento, la lluvia, la humedad, las hojas, su gorro, su música. Sólo le faltaba un acompañante humano, y eso que lo había buscado por todas partes, pero nadie podía o quería seguirlo en su viaje otoñal.

Nadie se fijaba en él, allí sentado, en los fríos escalones.
No le hacía falta, se sentía bien, muy bien.
Definitivamente, el otoño estaba hecho para él, y quería compartirlo con todos.

Por eso, cuando comenzó a llover y la gente corría a resguardarse, él, con su música y su mochila al hombro, se puso la capucha y se puso a andar, sin necesitar marquesinas ni techos que parasen la lluvia para no mojarse.
Sólo andar, ya era hora de volver a casa, y el autobús parecía haber estado esperándole, aún así, a mitad de camino se bajó, divisó a un amigo, que casualmente iba hacia el mismo lugar que él. Le saludó, se pusieron a hablar, y volvieron andando a casa.
Para él fue una aventura, para muchos un día malísimo.
Y le gustaba pensar que su aventura podría repetirse, mientras el otoño volviera a visitar la capital.
Oh sí, en definitiva, el otoño estaba hecho para él, o él para el otoño.

7 nov 2010

De cómo escribir en cirílico.

-A lo mejor me estoy haciendo un lió - continuó - pero creo que al final ha dicho que fuéramos yendo para allá.
-¡Qué va! - contestó el otro - lo que pasa es que estaba cabreado.
-¿Y eso?
-¡Y yo qué se! - gritó - ya sabes como es él.
-Siempre le tratas como si fuera un tonto.
-¿Acaso no lo es?
-No.
El chico la miró con desprecio, como si fuera una loca que no sabe lo que dice, como si estuviera en un completo error y no quisiera aceptarlo.
Agarró su mochila y comenzó a andar, la chica le siguió:
-¿A dónde vas? - le preguntó.
-A mi casa - respondió el chico, más calmado.
-¿Y qué hacemos con él?
-Por mí como si se va a China.
Y volvió a hacerlo, sus impulsos se adueñaron de ella y le pegó un bofetón, antes de insultarle y marcharse completamente cabreada.
-¡Eres un imbécil! 
-Oh vaya - contestó el chico llevándose una mano al moflete, le dolía, pero no lo iba a aceptar - ahora ponte de su lado, después de que te dejara tirada ayer.
-¡Lo hizo porque su madre estaba enferma!
-Eso es lo que él te dijo.
Y el silencio se adueñó de la escena.
Y de repente desperté. Todavía estaba sentado en aquella silla con ruedas, y no sé por qué me dio un escalofrío tremendo. Ah sí, porque todavía estaba en el jardín. Chuck se había marchado hace dos horas. Miré el reloj. Las cinco y media.
Decidí meterme en casa, intentando recordar por qué el sueño que había tenido me resultaba tan familiar.
Maldita sea. No sé que se ha caído en la cocina pero me he llevado un buen susto. Una cacerola.
después de maldecir a la cacerola decidí acostarme en el sillón, total, para las tres horas que me quedaban para levantarme e ir a trabajar...
Mi primer día de trabajo, después del accidente, que lógicamente ha marcado un antes y un después en mi vida. Será para mí como el nacimiento de Jesucristo para los años.